Es tanta la
virulencia que lleva el ferrocarril
Que se planta en
hora y media de Molledo a Portolín.
POPULAR
(CANTABRIA)
Hace días que no
me topo en el tren al simpar Enric. Voy confesar algo: ¡no se llama Enric! Ya
lo suponíais, ¿verdad? Pero Enric existe, con ese nombre u otro. Y es el
ciudadano de la calle que, quizá, en el tren, soy yo mismo.
Me habría
agradado encontrarlo porque, como he indicado otras veces, charlar con personas
no intoxicadas con ese humo penetrante y tupido que es la acción política, nos
ayuda a respirar. Su aire limpio parece crear una suerte de burbuja de realidad
de la calle que, necesariamente, nos arrastra a pensar con más claridad, con
otra perspectiva.
En días atrás me
preguntaba este hombre por asuntos de la actualidad política, por la corrupción
que llena portadas de periódicos que apenas tienen portadas y casi nunca ya
compramos en el quiosco. Hablábamos de financiación de partidos políticos y yo
le contaba mi percepción sobre el asunto, nada optimista, por cierto. ¡Ojalá
fuera cosa de chorizos! Es más grave aún. El caso Taula que tras EREs, púnicas,
gürteles y malayas, parece el más de moda en estos días –con permiso de la
Audiencia de Palma de Mallorca– es una muestra más de mis reflexiones en el
tren. Quiero pensar que Enric ve las noticias ahora con otros ojos.
Pero me habría
gustado, ayudado, quizá, que me preguntara por el asunto de moda, por esa
cuestión que la militancia socialista parece no hablar en público para no
distraer las declaraciones, no siempre lineales, de los miembros de la
Ejecutiva Federal.
Es probable que
mi actual condición de miembro del Parlament sea el más alto puesto de
responsabilidad política que alcance en mi etapa de servidor público. Aunque me
considero un militante disciplinado y, lo que es más importante, leal, no he
solido caracterizarme por mi discreción. He opinado, opino, me mojo –de ahí lo
de «al agua patos»–, escucho con interés y decido lo que creo que es más
correcto. Y así será mientras mi conciencia me lo exija. Espero que muchos
años.
Vivimos momentos
de zozobra. Es conocida la máxima ignaciana de «en tiempos de zozobra no hagas
mudanza» pero siento que o hacemos algún tipo de mudanza o la casa se nos
termina de caer a cachos.
El panorama
surgido tras las elecciones generales del pasado 20 de diciembre deja un
escenario en el Congreso de los Diputados distinto de todos los conocidos hasta
ahora.
He dicho que me
voy a mojar y me siento empapado cuando afirmo que una buena parte de los que
tradicionalmente votaban siglas socialistas –PSOE y PSC– se han decantado por
la papeleta encabezada por ese personaje al que tanto hemos criticado, con
quien tanto nos hemos enfadado y que en tantísimas ocasiones, desde una
aparente pureza moral que es ajena al género humano, nos tildaba de «casta».
A pesar de la
crisis que pueda estar sufriendo actualmente, jamás un partido ha tenido un
éxito semejante. En poco más de dos años surgen de la nada, se organizan
(reciben ayuda de los medios ansiosos de novedades, eso también es verdad) e irrumpen
en el Congreso con sesenta y nueve escaños (me vais a permitir que simplifique
e incluya en este montante al Compromís de Mónica Oltrà, las Mareas, nuestros
paisanos catalanes, etc.). Y se quedan a
unos pocos cientos de miles de votos, a nivel estatal, del PSOE. Para
que nos hagamos a la idea, conviene recordar que los tiempos más gloriosos de
Julio Anguita, la formación de izquierdas apenas sobrepasó la veintena de
escaños.
Paradójicamente,
no se definen como formación «de izquierdas», cosa que sí hace el PSOE (también
voy a simplificar y decir «PSOE» y no «PSOE-PSC») o, claro está, yo mismo. Sin
embargo, aunque sigan la estrategia de no definirse claramente, nadie duda del
carácter izquierdista de sus propuestas.
Nos han pillado
con el pie cambiado. El rey les pregunta «¿qué queréis hacer?» y responden
«queremos a Pedro Sánchez de presidente del gobierno pero en gobierno de
coalición y nos pedimos la vicepresidencia», ¡con un par! Y nos debatimos entre
el estupor, la perplejidad y, en algunos casos, la ira. ¿Cómo se atreven a
hacer esta propuesta en una rueda de prensa antes de comentarlo con nosotros?
No sé si son estas las «nuevas formas de hacer política» que necesita España
pero el hecho es que esta extraña puesta en escena provoca dos consecuencias:
el vergonzoso y vergonzante paso atrás de Rajoy y el subsiguiente encargo, por
parte del Jefe del Estado para que Pedro intente recabar los apoyos necesarios
para formar gobierno. Y aparece el vértigo.
Llevo muchos
años en el PSC y en multitud de ocasiones he escuchado aquello de «ponéis el
intermitente a la izquierda y giráis a la derecha» y a veces, muchas veces, he
admitido con cierta pesadumbre que es cierto.
No me gusta este
nuevo Podemos. Salió, lo dije en su momento, y consiguió colocarnos un espejo
delante en el que vimos nuestra imagen deformada. E hizo renacer en mucha gente
joven el interés por la política, o le dio unas banderas en las que creer. Pero
me enerva ese aire de suficiencia y altura moral del que hacen gala sus
dirigentes; el día que su secretario general soltó aquello de que quizá Pedro
Sánchez sería presidente del gobierno por una «sonrisa del destino» se me vino
a la cabeza una imagen: la de la necesidad de un tradicional acto de pedagogía
materna que no voy a describir para que no parezca que hago apología de la
violencia.
He analizado con
detenimiento su programa electoral. El programa, el contrato que firmamos con
la sociedad «vosotros nos votáis y nosotros hacemos esto». No observo con el
nuestro diferencias insalvables que empujen necesariamente a esa «gran
coalición» que parece estar pergeñando Rivera (bien conocido en Catalunya, por
cierto y que tampoco me gusta).
Escucho a
compañeros y compañeras del partido hablar de «líneas rojas» en torno a la
firmeza en determinados asuntos en los que, honestamente, tampoco creo que el
desencuentro sea tan excesivo como para no podernos sentar a negociar.
La aritmética es
la que es y las posibilidades que dimanan de ella son básicamente tres: esa
«gran coalición» que, por cierto, dejaría Podemos de primer partido de la
oposición; gobierno de coalición con Podemos y la tercera, lo que se me antoja
un enorme fracaso de todos y todas: nuevas elecciones.
Me mojo, siempre
me mojo y observo que el PSOE y España se encuentran ante una oportunidad
histórica que el miedo, la incertidumbre, las presiones externas e internas, el
vértigo nos pueden hacer dejar escapar. No debería ocurrir.
Pedro Sánchez es
un líder fuerte. Ha demostrado en la resolución de algunas crisis internas que
no es ningún pelele, todo lo contrario. Pedro Sánchez no es Rajoy, no es de los
que dejan que los problemas se pudran hasta desaparecer. La fortaleza es
razonable garantía de éxito cuando la realidad nos enfrenta a nuestros propios
miedos.
Tenemos una
oportunidad, quizá, única, de darle una vuelta a este sistema democrático que
languidece y precisa de un impulso que solo es posible desde la osadía.
Hagámoslo.
Y de paso,
dejemos de tratar a los independentistas que marean esta sociedad catalana
nuestra, que participan también en crear problemas donde no los había, como si
fueran apestados con los que no se puede hablar. Representan a un sector
importantísimo de la población catalana al que no se puede seguir ninguneando,
con el que no vale solo hinchar el pecho y gritar muy alto «unidad de España».
Ni vale golpearles con la letra de la Constitución Española. Hay que sentarse a
hablar, iniciando una tranquila pero inmediata política de gestos de
acercamiento. Lo contrario no hace más que alimentar el sentimiento de ataque y
de enemigo externo en las filas independentistas.
España tiene una
oportunidad de cambio real y los socialistas no debemos perder la ocasión de
liderarlo. Es nuestra obligación, por los pueblos de España, por Catalunya y,
por qué no decirlo, por nosotros mismos.