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domingo, 20 de marzo de 2016

Al agua patos


Es tanta la virulencia que lleva el ferrocarril
Que se planta en hora y media de Molledo a Portolín.
POPULAR (CANTABRIA)

Hace días que no me topo en el tren al simpar Enric. Voy confesar algo: ¡no se llama Enric! Ya lo suponíais, ¿verdad? Pero Enric existe, con ese nombre u otro. Y es el ciudadano de la calle que, quizá, en el tren, soy yo mismo.

Me habría agradado encontrarlo porque, como he indicado otras veces, charlar con personas no intoxicadas con ese humo penetrante y tupido que es la acción política, nos ayuda a respirar. Su aire limpio parece crear una suerte de burbuja de realidad de la calle que, necesariamente, nos arrastra a pensar con más claridad, con otra perspectiva.

En días atrás me preguntaba este hombre por asuntos de la actualidad política, por la corrupción que llena portadas de periódicos que apenas tienen portadas y casi nunca ya compramos en el quiosco. Hablábamos de financiación de partidos políticos y yo le contaba mi percepción sobre el asunto, nada optimista, por cierto. ¡Ojalá fuera cosa de chorizos! Es más grave aún. El caso Taula que tras EREs, púnicas, gürteles y malayas, parece el más de moda en estos días –con permiso de la Audiencia de Palma de Mallorca– es una muestra más de mis reflexiones en el tren. Quiero pensar que Enric ve las noticias ahora con otros ojos.

Pero me habría gustado, ayudado, quizá, que me preguntara por el asunto de moda, por esa cuestión que la militancia socialista parece no hablar en público para no distraer las declaraciones, no siempre lineales, de los miembros de la Ejecutiva Federal.

Es probable que mi actual condición de miembro del Parlament sea el más alto puesto de responsabilidad política que alcance en mi etapa de servidor público. Aunque me considero un militante disciplinado y, lo que es más importante, leal, no he solido caracterizarme por mi discreción. He opinado, opino, me mojo –de ahí lo de «al agua patos»–, escucho con interés y decido lo que creo que es más correcto. Y así será mientras mi conciencia me lo exija. Espero que muchos años.

Vivimos momentos de zozobra. Es conocida la máxima ignaciana de «en tiempos de zozobra no hagas mudanza» pero siento que o hacemos algún tipo de mudanza o la casa se nos termina de caer a cachos.

El panorama surgido tras las elecciones generales del pasado 20 de diciembre deja un escenario en el Congreso de los Diputados distinto de todos los conocidos hasta ahora.

He dicho que me voy a mojar y me siento empapado cuando afirmo que una buena parte de los que tradicionalmente votaban siglas socialistas –PSOE y PSC– se han decantado por la papeleta encabezada por ese personaje al que tanto hemos criticado, con quien tanto nos hemos enfadado y que en tantísimas ocasiones, desde una aparente pureza moral que es ajena al género humano, nos tildaba de «casta».

A pesar de la crisis que pueda estar sufriendo actualmente, jamás un partido ha tenido un éxito semejante. En poco más de dos años surgen de la nada, se organizan (reciben ayuda de los medios ansiosos de novedades, eso también es verdad) e irrumpen en el Congreso con sesenta y nueve escaños (me vais a permitir que simplifique e incluya en este montante al Compromís de Mónica Oltrà, las Mareas, nuestros paisanos catalanes, etc.). Y se quedan a  unos pocos cientos de miles de votos, a nivel estatal, del PSOE. Para que nos hagamos a la idea, conviene recordar que los tiempos más gloriosos de Julio Anguita, la formación de izquierdas apenas sobrepasó la veintena de escaños.

Paradójicamente, no se definen como formación «de izquierdas», cosa que sí hace el PSOE (también voy a simplificar y decir «PSOE» y no «PSOE-PSC») o, claro está, yo mismo. Sin embargo, aunque sigan la estrategia de no definirse claramente, nadie duda del carácter izquierdista de sus propuestas.

Nos han pillado con el pie cambiado. El rey les pregunta «¿qué queréis hacer?» y responden «queremos a Pedro Sánchez de presidente del gobierno pero en gobierno de coalición y nos pedimos la vicepresidencia», ¡con un par! Y nos debatimos entre el estupor, la perplejidad y, en algunos casos, la ira. ¿Cómo se atreven a hacer esta propuesta en una rueda de prensa antes de comentarlo con nosotros? No sé si son estas las «nuevas formas de hacer política» que necesita España pero el hecho es que esta extraña puesta en escena provoca dos consecuencias: el vergonzoso y vergonzante paso atrás de Rajoy y el subsiguiente encargo, por parte del Jefe del Estado para que Pedro intente recabar los apoyos necesarios para formar gobierno. Y aparece el vértigo.

Llevo muchos años en el PSC y en multitud de ocasiones he escuchado aquello de «ponéis el intermitente a la izquierda y giráis a la derecha» y a veces, muchas veces, he admitido con cierta pesadumbre que es cierto.

No me gusta este nuevo Podemos. Salió, lo dije en su momento, y consiguió colocarnos un espejo delante en el que vimos nuestra imagen deformada. E hizo renacer en mucha gente joven el interés por la política, o le dio unas banderas en las que creer. Pero me enerva ese aire de suficiencia y altura moral del que hacen gala sus dirigentes; el día que su secretario general soltó aquello de que quizá Pedro Sánchez sería presidente del gobierno por una «sonrisa del destino» se me vino a la cabeza una imagen: la de la necesidad de un tradicional acto de pedagogía materna que no voy a describir para que no parezca que hago apología de la violencia.

He analizado con detenimiento su programa electoral. El programa, el contrato que firmamos con la sociedad «vosotros nos votáis y nosotros hacemos esto». No observo con el nuestro diferencias insalvables que empujen necesariamente a esa «gran coalición» que parece estar pergeñando Rivera (bien conocido en Catalunya, por cierto y que tampoco me gusta).

Escucho a compañeros y compañeras del partido hablar de «líneas rojas» en torno a la firmeza en determinados asuntos en los que, honestamente, tampoco creo que el desencuentro sea tan excesivo como para no podernos sentar a negociar.

La aritmética es la que es y las posibilidades que dimanan de ella son básicamente tres: esa «gran coalición» que, por cierto, dejaría Podemos de primer partido de la oposición; gobierno de coalición con Podemos y la tercera, lo que se me antoja un enorme fracaso de todos y todas: nuevas elecciones.

Me mojo, siempre me mojo y observo que el PSOE y España se encuentran ante una oportunidad histórica que el miedo, la incertidumbre, las presiones externas e internas, el vértigo nos pueden hacer dejar escapar. No debería ocurrir.

Pedro Sánchez es un líder fuerte. Ha demostrado en la resolución de algunas crisis internas que no es ningún pelele, todo lo contrario. Pedro Sánchez no es Rajoy, no es de los que dejan que los problemas se pudran hasta desaparecer. La fortaleza es razonable garantía de éxito cuando la realidad nos enfrenta a nuestros propios miedos.

Tenemos una oportunidad, quizá, única, de darle una vuelta a este sistema democrático que languidece y precisa de un impulso que solo es posible desde la osadía.

Hagámoslo.

Y de paso, dejemos de tratar a los independentistas que marean esta sociedad catalana nuestra, que participan también en crear problemas donde no los había, como si fueran apestados con los que no se puede hablar. Representan a un sector importantísimo de la población catalana al que no se puede seguir ninguneando, con el que no vale solo hinchar el pecho y gritar muy alto «unidad de España». Ni vale golpearles con la letra de la Constitución Española. Hay que sentarse a hablar, iniciando una tranquila pero inmediata política de gestos de acercamiento. Lo contrario no hace más que alimentar el sentimiento de ataque y de enemigo externo en las filas independentistas.


España tiene una oportunidad de cambio real y los socialistas no debemos perder la ocasión de liderarlo. Es nuestra obligación, por los pueblos de España, por Catalunya y, por qué no decirlo, por nosotros mismos.

Pensar en gran



La identitat d’un territori pot ser expressada de forma individualitzada o col·lectiva i, malgrat que ja fa molts anys que es parla del Camp de Tarragona (les Comarques Tarragonines segons alguns) com la segona àrea metropolitana de Catalunya, també és cert que no deixem de fer-ho amb la boca petita. Els complexes d’inferioritat o la desconfiança que pot haver sembrat anys d’estèrils batalles de campanar no poden amagar les necessitats d’un territori que, tot i les seves potencialitats, segueix essent un dels més castigats d’aquesta inacabable crisis.

Des de la proximitat, els ajuntaments són l’administració que millor detecta i pot atendre les necessitats de la seva gent. I prova d’això és que durant tots aquests anys, tot i no sempre tenir les competències, des de l’àmbit municipal s’han procurat solucions per aquelles persones amb problemes específics ja sigui d’habitatge, pobresa energètica o menjadors socials. I això sense oblidar que els ajuntaments representen el graó més dèbil de l’administració, els parents pobres,  i aquell que de forma més dura s’ha hagut d’ajustar al nou context actual. Això fa que massa sovint aquest ajuntaments ni tan sols puguin aixecar el cap i veure els problemes i solucions que altres municipis veïns, amb els mateixos maldecaps, afronten també de manera individual.  

Mancomunar esforços és una de les grans assignatures pendents d’aquest territori on hi viuen més de 456.000 habitants. Però també ho és dotar-nos de les eines de planificació i desenvolupament que han de definir el futur de les nostres comarques. El Pla Director Urbanístic va ser un molt bon intent. Una eina que definia aspectes de planificació estratègica per a 22 municipis com són l’urbanisme i les infraestructures. I dic que va ser, perquè aquest pla després de molts mesos i fins i tot m’atreviria a dir anys de treball va quedar en un calaix sense arribar a desplegar-se mai.

Aquest era el full de ruta del nostre territori. Un document que dibuixava i vertebrava les infraestructures, els espais lliures i els equipaments. I una eina, al cap i a la fi, que havia de portar-nos a treballar de forma conjunta per dotar-nos dels serveis de transport i mobilitat necessaris d’aquest gairebé mig milió de persones que hi vivim. I amb què ens trobem? Que algunes de les línies s’han anat desenvolupant i que altres han variat, fruit de la improvisació. Ara mateix tenim un servei de rodalies que té molts menys viatgers dels que podria perquè  no és l’òptim d’acord amb les necessitats, un CRT que si finalment s’acaba desenvolupant no sabem com encaixarà amb les infraestructures vigents i un galimaties en matèria ferroviària que fa que portem més de dos anys parats i sense saber si finalment hi haurà tercer fil, línia Reus-Roda o res.

Però planificar també és definir un pla d’usos per l’aeroport de Reus, que cada any perd viatgers, i actuar en àmbits que van més allà més enllà d’un municipi per tal que la nostra industria tingui un àmbit favorable, i no es vegi amb les incerteses de competitivitat que estan començant a aflorar. Vol dir tenir una visió conjunta, i plantejar-nos què fem per tirar endavant aspectes com un servei mancomunat de taxi o com podem resoldre d’una vegada per totes els problemes d’aparcament a l’estació de l’AVE que, ja sigui perquè des dels petits municipis no es té suficient força o perquè el problema és a casa dels altres, és un dels clars exemples d’allò que podríem ser i no som. 

La realitat metropolitana de les Comarques de Tarragona és inqüestionable, que no ens faci por donar el salt i pensar d’una vegada per totes amb aquest territori com un tot

viernes, 4 de marzo de 2016

Migrantes

Mujeres y niños refugiados españoles en Le Perthus.
todoslosrostros.blogspot.com.es


Inmigrantes – Emigrantes – Migrantes
«Usted no parece un indocumentado»,
 me dice altivo el jefe de la estación
de tren de Ixtepex, en Oaxaca, México.
«No lo soy», le respondo.
JON SISTIAGA, «No te duermas, sobre todo no te duermas», El País


Empiezo estas líneas y se me viene a la memoria una anécdota que me contaba un amigo. Los detalles son lo de menos. El asunto que viene a colación es que este amigo, tío solidario y que habla idiomas, se vio en la tesitura de atender a una joven y enferma canadiense que se alojaba, sola, en un hostal, en un remoto pueblo asturiano. Al parecer, la patrona del hostal, una vez convencida de la inexistencia de «aviesas» intenciones por parte de mi amigo, empezó a protestar por la ayuda que aquella extranjera estaba recibiendo porque sí, porque era una persona en apuros. El razonamiento de la hostelera, al parecer, era el siguiente: «Aquí, los extranjeros, mientras vengan y paguen, bien, pero en cuanto dan problemas, que se vayan a su puta casa, que yo estuve trabajando en Bélgica muchos años y no recibí más que patadas».

Obviamente, una joven y, seguramente, atractiva canadiense no es un sucio musulmán que huye de la guerra de Siria ni una madre negra que escapa de la hambruna en Mali o Guinea Conakry ni…, pero el razonamiento de aquella recia y añosa hostelera asturiana parece ser el mismo que hacen los gobiernos europeos con los trenes de Hungría o las pateras del Mediterráneo.

La historia del Homo sapiens es la de sus migraciones. Desde aquellos africanos que salieron sin pateras hacia Europa hace 45.000 años –y acabaron a la postre con los europeos originales, parece que de pensamiento más tosco–, hasta los movimientos de millones de personas que vemos en la prensa en la actualidad y a los que tratamos, como a aquella asturiana en Bélgica, a patadas.

En todos los casos, no obstante hay un elemento que homogeniza, que hace que todas las migraciones, en el fondo, sean la misma. Pienso además que es un elemento que no se valora de manera adecuada cuando vemos esas fotos o esos reportajes de seres hambrientos, con frecuencia desarrapados, muertos de frío. Para que una madre tome a sus hijos, a veces lactantes y se embarque en una frágil chalupa a atravesar el mar, sabiendo que se juega la vida y la de lo que más quiere en el mundo, ¡cómo tiene que ser lo que deja atrás!

Me molesta mucho, me hace sentir mal, me asquea hasta la náusea, ese clima que parece afectar a nuestras sociedades, a nuestros gobiernos, de tratar a los refugiados-migrantes-emigrantes-inmigrantes (la corrección política nos hace retorcer el lenguaje hasta el ridículo) como si fuesen gente que viene a aprovecharse de nuestro trabajo, de nuestro bienestar, de nuestros médicos, casas… De verdad, ¿nos detenemos por un momento a pensar de qué estamos hablando?

Desde Europa nuestros gobiernos, nuestras empresas, nuestras élites económicas se han dedicado durante siglos a expoliar continentes enteros. Aún lo hacemos, de manera más amable pero los dispositivos electrónicos que todo europeo porta en sus bolsillos funcionan, no lo olvidemos, gracias a minerales –tántalo, concretamente, que se saca del coltán– cuya explotación sigue causando guerras y hambrunas. Resumiendo, y para ser muy claro, alimentamos guerras civiles y tratamos a las víctimas como apestados cuando huyen de la muerte.

Hace un par de días, Soledad Gallegó-Díaz preguntaba en una emisora de radio «¿Pueden dar alguna explicación?» y empezaba su alocución con las siguientes palabras: «El pasado sábado se celebraron en muchas ciudades españolas manifestaciones en protesta por la incapacidad de la Unión Europea para hacer frente a la crisis de los refugiados y para exigir que se habilite un pasaje seguro, en lugar de consentir que los refugiados —que huyen por miles de la guerra y de la violencia— se ahoguen en el Mediterráneo o sufran todo tipo de penalidades en su largo trayecto por Europa» y añade «Es difícil comprender por qué ni el PSOE, ni Podemos, ni Izquierda Unida, ni Ciudadanos, ni Comisiones Obreras, ni UGT ni los otros grupos políticos y sindicales convocan a los ciudadanos a expresar su rechazo a la postura del Gobierno español».

La Comisión Europea encomendó a España acoger a 17.000. Cuando se escriben estas líneas los refugiados no alcanzan la veintena. Y no de millar. Literal. 1, 2, 3, 4, 5, … hasta 17.

¡Y parece que nos da igual! Parece que nos dan igual los apaleados en los andenes y las fronteras, miramos hacia otro lado cuando los alambres de espino se tiñen de rojo, cuando se rocía con gas mostaza a mujeres y niños, ignoramos que el Mediterráneo se llena de cadáveres. Olvidamos a sabiendas que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que obliga a todos los gobiernos y administraciones, no se hizo para austriacos, alemanes, daneses o españoles, ¡se hizo para todos y para todas!, ¡allá donde estén!

¿Y qué les damos de comer si para nosotros no tenemos?, ¿y quién los cura y los enseña si a nosotros y nosotras nos recortan en prestaciones sanitarias y educativas?, ¿y dónde van a vivir si en nuestras ciudades se desahucian familias por no poder pagar la hipoteca o el alquiler? ¿Y por qué «ellos» son «ellos» y nosotros no somos ellos? ¿Nos diferencia la cultura?, ¿el idioma?, ¿la religión acaso? Y si fuera así, ¿eso los convierte sujetos de menos derechos que nosotros?

¿Nos parece razonable, admisible, sensato que a aquella recia asturiana la trataran en Bélgica a patadas?

Detesto la demagogia, tanto la del discurso de «vienen a robarnos el trabajo» como la de «hay que ayudar a estos pobrecitos que lo pasan tan mal». Y parece que entre ambos planteamientos apenas hay espacio para el pensamiento. Y hay que repensar nuestros modelos de desarrollo, hay que repensar la manera en que nos relacionamos con otros países, hay que repensar si cuando mantenemos puestos de trabajo en sectores no productivos –en vez de invertir en desarrollo– no estamos, a la vez, alimentando el depósito de gasóleo que mueve las pateras.

Es urgente y necesario desarrollar un marco global de convivencia política y económica, pero no desde la bondad moral sino desde el sentido común y el aprovechamiento mutuo. No se pueden poner puertas al campo, ni al mar, ni al hambre ni a la miseria. Europa es fruto de las migraciones de los pueblos indoeuropeos; España, fruto de las migraciones de fenicios, iberos, celtas, romanos, germanos, árabes y bereberes; Catalunya desde antiguo ha sustentado buena parte de su riqueza en las sucesivas migraciones del sur de Francia y del sur de España. O todos y todas somos capaces de crear ese marco global, nuevo y que valga a los distintos pueblos, o ya no es que seremos peores personas –quizá ya lo somos–, es que una negra sociedad distópica acabará por organizar las vidas de nuestros hijos. Lo he dicho en algún tuit, aunque sea por puro egoísmo y estrategia, para no dejar un mundo caído totalmente en el derribo ético a nuestros hijos, conviene dar salida y ofrecer alternativa y perspectivas a esas personas que vienen huyendo de bombas y de matanzas.

¿Qué Europa es esa que estamos construyendo, que permite que miles de familias con niños, tengan detrás las bombas y la matanza, y delante, solo policías y alambradas? ¿qué harías tú en su lugar?


miércoles, 24 de febrero de 2016

Chacinería ferroviaria





También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan
 la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, 
el automatismo invariable de mis movimientos 
y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos 
«oficiales», anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...

EDUARDO ZAMACOIS: Memorias de un vagón de ferrocarril

–¡Castillo!

–¡Hombre! ¿Qué tal? –saludé con poca convicción.

Era él. Nos habíamos visto hacía pocos días y me había salido con lo de las butifarras de la política. Es cierto que me había advertido de que coincidíamos en el tren con cierta frecuencia pero estas cosas, casi siempre, quedan en el «ya nos vemos si eso». Parece que el azar se había empeñado en hacer trizas la, con frecuencia, tranquilidad de mis trayectos. No obstante, en ese momento me resigné a no poder leer la documentación sobre el trasvase del Ebro que me habían pasado. De hecho, no llegué ni a abrir la carpeta. Podría haber dado alguna comprensible excusa –real, por otra parte– pero por algún motivo decidí no hacerlo. Además, recordaba la charla con aquel personaje (¡joder!, ¿cómo se llamaba?) con cordialidad.

–Buenos días, ¿qué tal? –continué–, ¿para Barcelona de nuevo?

–Sí, buenos días –respondió educado–. Ya le dije que tomo este tren con frecuencia. Una cosa que hay que reconocer es que, a pesar de lo malo de la situación actual en general, las comunicaciones ferroviarias han mejorado una barbaridad. No hace tantos años daba realmente la sensación de que íbamos en tren de Tarragona a Barcelona, pero ahora que tardamos más que entonces (cosa increíble), por un poco más de tiempo, perfectamente podríamos ir en burra. Mi madre, siempre que se refería a algo muy lento decía «es más lento que el Mixto».

–¿El mixto? –pregunté extrañado.

–Sí –me explicó–. Por lo visto, «El Mixto» era un antiguo tren mixto, o sea, que transportaba mercancías, personas y, a veces, hasta ganado. Entre que era de aquellos de carbón que echaban tanto humo y que debía de parar en todos los apeaderos habidos y por haber en sus trayectos, los viajes en El Mixto eran legendarios por eternos.

–¡Anda! ¡Qué curioso! Pues no sabía. Tu madre era de Cartagena me dijiste, ¿no? Oye, eso sí, me vas a disculpar pero tengo la cabeza en veinte cosas y no me acaba de salir tu nombre. Pero habíamos quedado en que nos íbamos a tutear.

En este punto del relato debo aclarar dos cosas. Le pedí disculpas a él, pido disculpas a mis lectores y, sobre todo, me pido disculpas a mí mismo por no recordar el nombre de un ciudadano con el que hacía escasas jornadas había estado compartiendo charla y viaje. También me avergüenza un poco el sacar a colación su ascendencia cartagenera, que no venía a cuento pero el hecho de que en la memoria me quedara algún dato de aquel hombre y, sobre todo, hacérselo saber, aminoraba mi sensación de pudor por lo del nombre.

La segunda aclaración es que eso «del Mixto» no me sonaba de nada pero, como curiosidad, luego busqué la expresión en Google y no me apareció nada parecido. Cosas de madres, imagino.

–Enric. No te preocupes.

–Ah, sí, disculpa, disculpa.

–¿Estás ocupado o seguimos con lo de las butifarras que me empezaste a contar el otro día?

En ese momento me asaltó de nuevo la tentación de excusarme amablemente pero no lo hice.

–No, siéntate si quieres y vamos charlando. ¿Dónde nos habíamos quedado?

–Me estabas explicando lo de las butifarras –sonrió.

–Ah, sí, la chacinería.

–Sí, el otro día me decías que muchas veces salen cosas en la prensa que no se corresponden con hechos delictivos concretos y me ponías de ejemplo algo de vuestro anterior secretario general.

–Sí, lo del Pere pero es que el asunto es otro –comencé a explicar–. A mí me tiene, como ciudadano y como político, muy preocupado todo lo que está pasando aunque, el fondo, nos deberíamos alegrar.

–Sí, da mucha alegría –ironizó Enric.

–Sí, hombre –continué–, la alegría no porque haya tantísimos casos de corrupción, que esos ya estaban, es porque la preocupación no aparece cuando los casos se producen sino justamente ahora que parece que la Fiscalía Anticorrupción se ha puesto las pilas y todo se está desmantelando y eso nos debe satisfacer.

–Bueno, visto así… Pero, ¡narices! ¡Es que no se salva nadie! Todos los días aparecen chorizos nuevos. ¿No hay gente honrada en política? Es que es lo que no me entra en la cabeza. Y ya lo de Valencia es… Bueno, lo de Valencia, que aquí en Catalunya tenemos lo nuestro.

–Pues te diré –continué– que yo creo que la cosa es más preocupante de lo que piensas pero por distintos motivos.

–¿No te preocupa la sensación de que estamos gobernados por ladrones y filibusteros?

–Es que no es así. En el fondo, no hay tanta butifarra. Hay casos, por supuesto. Me llama mucho la atención un valenciano, precisamente, que está en la cárcel. Un tipo que empezó su carrera política en el FRAP, un grupo terrorista de los setenta, marxista-leninista; tuvo cargos en el PSOE, fue Conseller con el PP y de ahí a la cárcel.

–¡Ah! Me suena esa historia, un tal Blasco. ¡Menudo pájaro! Se quedaba con la pasta destinada a la cooperación internacional.

–Sí, ese. Pues como Blasco hay muchos pero en el fondo hay muchos menos de los que parece y paradójicamente es peor.

Enric ponía cara de no entender nada de aquel aparente trabalenguas. Seguí.

–Si prestas atención a las noticias verás que las Gürtel, Púnica, Acuamed y las que se te ocurran, en el fondo, no son asuntos de personas particulares que decidan robarnos sino asuntos de financiación ilegal de partidos políticos, especialmente el PP.

–Bueno, el PP y todos –apuntó mi interlocutor.

–Tampoco me parece que el mensaje «todos son iguales» sea ni justo ni positivo. Dicho esto, en Catalunya, con CiU ha habido problemas muy gordos.

–El famoso 3%.

–Exacto pero, ¿recuerdas quién fue el primero que lo denunció, mucho antes de que todos estos empezaran a desfilar por los juzgados?

–¡Coño! ¿No fue Pasqual Maragall?

–Sí. Y como la gente es así de cabrona, se atribuyó a las «maragalladas» y luego a que si el Pasqual no sabía lo que decía por su enfermedad que, por cierto, ha llevado con muchísima dignidad.

–Pues es verdad –asintió mi compañero de viaje–. ¿Dices entonces que roban para los partidos?

–Pues es que es así. No es tanto un problema de que haya tantos o cuantos chorizos, butifarras como decías tú, como de que tenemos todos que hacer un severo esfuerzo por darle una vuelta a este sistema que está todo hecho una mierda. Y una de las cuestiones que nadie nos atrevemos a poner encima de la mesa de forma sincera es la de la financiación de los partidos políticos, que recordemos que son instrumentos esenciales para nuestra democracia.

–Estamos llegando pero me parece muy interesante lo que dices.

–Gracias pero, si te fijas, por mala que sea la sensación social, el asunto es más profundo y más preocupante. No podemos seguir así. Pero sí, estamos llegando. Otro día más.

–Venga, que tengas buen día.

–Igualmente, Enric. Un abrazo.




jueves, 18 de febrero de 2016

Butifarras en el tren


Dentro de pocos meses oiréis resonar por estas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor que nos llama a la civilización…

ARMANDO PALACIO VALDÉS: La aldea perdida.

–Hola, Carles Castillo, ¿no? ¿Le importa que me siente?
–Sí, bueno, soy Carles Castillo, siéntate, claro –accedí un poco extrañado.

Me llamaron la atención varias cosas. Por una parte, políticos y no políticos solemos respetar al de enfrente y su intimidad en el transporte público. Es cierto que, alguna que otra vez, personas de edad, por lo común militantes socialistas y a las que trato, sean hombres o mujeres, como a mi misma madre, se me abalanzan para animarme y contarme que me han visto por la tele o en un mitin o acto del partido. Son entrañables y sus consejos, casi siempre, dignos de tener en cuenta, con la salvedad de la coletilla nada infrecuente de «y qué guapo es el Primer Secretario» (!!!). Aparte, como digo, de personas con cierta veteranía a las que la edad ha despojado felizmente de pudor, casi nunca se me acerca persona alguna en el autobús o el tren. Sí me pasaba, sin embargo, bastante a menudo, por la calle, cuando estaba de concejal en Tarragona. Este ciudadano me conocía y su rostro carecía de registro en el archivo facial que toda persona tiene en su cabeza. Lógicamente, me había visto en la prensa o en algún acto.

También me llamaba la atención otra cosa: me trataba de usted y se dirigía a mí en castellano. Haciendo un análisis rápido, me resultaba evidente que no era compañero del partido porque no me habría tratado de usted. Lo del idioma se me hacía más raro aún porque, aunque el castellano es mi lengua materna y en la que aún me dirijo a mis padres y escribo muchos de mis textos, en la vida cotidiana nos hemos acostumbrado a usar el catalán como forma habitual de comunicación. Además, es la que se acostumbra en mi casa, pues es en la que me dirijo a mis hijos.

El que yo lo contestara apeando el tratamiento del «usted» no tuvo pretensiones de ser falta de consideración por mi parte. Simplemente, me resulta más cómodo. La conversación fluye mejor y mi intención era que si aquel anónimo ciudadano iba a darme palique, al menos hiciera lo propio y procediera a tutearme. Además, le calculé unos pocos años más que yo y me parecía lo lógico.

Tal y como sospechaba, aquel personaje tenía ganas de charla. Seguía mi trayectoria según me confesó y, además, ahí estaba la clave, su padre era cartagenero. ¡Acabáramos! De todas maneras, al parecer, no era la primera vez que coincidíamos en el ferrocarril pero sí que nuestros asientos estaban tan próximos esta vez que facilitaban la charla.

Debo admitir que, por lo general, no me gusta que me aborden sin venir a cuento, pero también es cierto que charlar de vez en cuando con personas alejadas de este microcosmos que es la política nos ayuda, con frecuencia a tener una perspectiva de la que a veces carecemos los políticos.

Pasados los minutos de las presentaciones y las generalidades, el hombre, al que podemos llamar Enric, se atreve a lanzar su pregunta.

–Pero explícame una cosa, ¿cómo hay tanto chorizo en política o, si queremos catalanizarlo, tanta butifarra?

La verdad es que con el cariz que estaba tomando aquel diálogo me estaba viendo venir la «pedrada» tanto que no pude sino empezar a responder esbozando una sonrisa.

–¡Butifarra! Hombre, está bien eso pero, ¿a qué te refieres? A ver, sé más explícito.

–Hombre, Carles, llevamos una temporada que no hay día que la prensa no anuncie un nuevo escándalo y que alguien se lo ha llevado caliente. Ayer dimite la Esperanza Aguirre esta que parecía que no la echaban ni con lejía pero es que hace unos días nos enteramos de que han imputado a este de los vuestros que fue alcalde de Tarrassa.

–¡Ah! ¡El Pere!

–Sí, exacto, Pere Navarro, que además fue también secretario general de vuestro partido, ¿no?

Comentaba antes que charlar con personas alejadas de la actividad política me resulta enriquecedor. Tenía ante mí a Enric, un ciudadano lo suficientemente informado como para seguir a grandes rasgos la actualidad, pero suficientemente lejano a ella como para llamar «secretario general» a nuestro «primer secretari». En resumen, Enric no parecía una persona sin más, sino algo que a los representantes institucionales nos resulta primordial: la voz de la calle.

–Sí, sí, primer secretari pero el asunto del Pere que ha salido en la prensa no tiene nada que ver con ningún choriceo ni butifarreo ni nada sino que es algo tan sencillo como que a un tipo le escuchan decir por teléfono «voy a pedir un favor al Pere Navarro» y como un investigado tiene más garantías procesales que un simple testigo, el juez decide otorgarle esa categoría que, lógicamente, no implica absolutamente nada. Yo soy abogado y lo entiendo en estos términos pero comprendo que con el follón con el que nos enfrentamos a diario en la calle al final se mezcle todo. El Pere es un buen hombre y no he tenido nunca referencias siquiera lejanas de que haya hecho nada vergonzoso ni cuando era alcalde de Tarrasa ni cuando fue diputado en el Parlament, como soy yo ahora ni, por supuesto, como Primer Secretari de los socialistas catalanes. Es una persona honesta incluso hasta para dimitir voluntariamente de alcalde en su momento, para dedicarse exclusivamente a candidato al Parlament. Y esto no lo diría por mucha gente: -me mojaría porque es inocente de haber hecho nada malo...

–Bueno, no sé –me interrumpió Enric– pero entiende que quizá en este caso sea como dices pero en Catalunya y en todo el Estado saltan líos de cosas gordísimas a diario. La sensación que tenemos muchas personas es la de que hay que tomar medidas para limpiarlo todo a fondo, desde los despachos de ministros y consellers hasta los juzgados pasando por lo que se te ocurra.

Ante esa afirmación de mi interlocutor me asaltó una duda, una curiosidad. No era importante pero mi lado cotilla me llevó a preguntar yo también.

–Oye, Enric, ahora te explico esto, que yo creo que no se entiende del todo pero tienes mucha razón en lo que dices y muchos estamos en esa clave. ¿En las generales votaste a los del Rivera o a los de la Colau?

–No, no, no me líes y no te líes. Mi percepción sobre la realidad política es la de cualquier ciudadano, creo yo, y eso es independiente de a quién haya votado o dejado de votar. Tenemos la mala costumbre de colgar etiquetas y, en función de eso, calificar puntos de vista. Solo te digo una cosa. Si yo pensara que tú puedes tener que ver en algún asunto de los miles que brotan no te estaría preguntando.

–¿Pues sabes qué? ¡Que tienes toda la puñetera razón! Me había asaltado la curiosidad pero es cierto que la situación general está tan envenenada que prestamos oído al de enfrente en función de la cartela que lleve y no por lo que dice. Así no podemos avanzar.

De pronto, en catalán, inglés y castellano escuchamos: «próxima estación, Barcelona».

–Vaya, esto al final se nos ha quedado corto pero tenía mucho interés en explicarte lo que yo pueda saber y entender del asunto este de las butifarras. ¿Coges este tren con frecuencia?

–Sí, sí –replicó Enric–, ya te digo que no es la primera vez que coincidimos lo que pasa es que…

–¡Pues no te cortes! Si vamos a coincidir más veces. Hombre, a ver, que me puedes pillar preparando un acto o estudiando un documento o alguna de estas cosas que aprovecho para hacer en el tren pero me encantaría que coincidiéramos más veces y seguir charlando. A mí también me viene muy bien.

–Pues encantado.

–Pues hasta pronto entonces.



martes, 9 de febrero de 2016

Hay que esforzarse por no descarrilar


Hay que esforzarse por no descarrilar
La locomotora vencía al aire, a la gravedad, 
era el progreso sobre rieles, la esperanza, 
la modernidad, el futuro…

ELENA PONIATOWSKA: El tren pasa primero

Comentábamos en la anterior entrada que los trenes son ingenios sumamente útiles y que pueden ser escenario de los fenómenos más diversos. Hablábamos del póker y mientras escribo estas líneas se me viene a la cabeza una secuencia de Con la muerte en los talones a la que la inefable censura franquista decidió quitar el sonido para que no quedase tan claro que, en aquel coche-cama, Cary Grant y la guapísima Eva Marie Saint perpetraban un adulterio en toda regla. En fin…

Tengo la sensación de que en el PSOE y, quizá en mayor medida, en el PSC, la militancia y sus cuadros se sienten en un tren de alta velocidad que se acerca vertiginoso a un lugar de cambio de agujas pero con la conciencia de que hay que tomar el camino adecuado porque una indecisión en el peor momento nos llevaría a descarrilar. Ahora bien, asumida esa realidad, las opciones y hasta las estrategias para decidir qué vía debe seguirse los próximos cientos de kilómetros son cuando menos, controvertidas.

Como no todo van a ser metáforas y chascarrillos ferroviarios, voy a ir desgranando lo que, en mi opinión, puede estar detrás de los distintos puntos de vista y voy a empezar a analizar cuestiones que están sobre la mesa pero de las que no se habla cuando se mentan las famosas «líneas rojas».

Y es que hoy quiero hablar de algo tan supuestamente anodino como la ley electoral...

Quienes nos dedicamos a esto, y no tanto nuestros votantes, sabemos que las leyes electorales están muy lejos de ser cuestiones técnicas; su redacción está cargada de una honda intencionalidad política que tiene que ver de manera primordial con el modelo de Estado (o de Comunidad Autónoma), con el peso mayor o menor de los partidos políticos en el desarrollo democrático, asimismo, y en sentido contrario, con el peso mayor o menor de la ciudadanía en las decisiones que se toman.

El ciudadano medio sabe que existen importantes disfunciones entre el número de votos y la representación que estos votos tienen en el Parlamento. El caso que más llama la atención, desde siempre, es el de IU: en las últimas elecciones generales casi un millón de votos y dos diputados. Pero no es el único caso singular. Los que vivimos en Catalunya recordamos aquellos comicios al Parlament en los que el PSC ganó en número de votos pero CiU en escaños. ¿Cómo puede ser esto? Asimismo, en el parlamento vasco es frecuente la circunstancia de que los partidos abertzales de distinto signo alcancen un número total de votos claramente mayoritario pero, sin embargo, se han dado ocasiones en los que ni siquiera alcanzaban la mayoría necesaria para gobernar (así llegó a lehendakari el compañero Patxi López).

Quizá en futuras entradas me detenga a explicar, técnicamente, las peculiaridades de las distintas leyes electorales españolas y a qué lógica responde cada una de ellas. No lo haré en este momento pero sí daré un par de apuntes sobre los ejemplos propuestos: un diputado al Parlament por Barcelona «cuesta» del orden de 65.500 votos mientras que uno por Lleida precisa menos de 30.000 sufragios. Asimismo, un diputado por Álava –provincia o, como dicen ellos, «territorio histórico», tradicionalmente centralista– necesita unas 13.000 papeletas para alcanzar un asiento mientras que en Vizcaya (feudo tradicional del PNV) 46.000 votos no garantizan la elección.

Una de las condiciones que pone Podemos (lo sé, ¡acabo de mentar a la bicha!) para formar un gobierno de coalición es la reforma de la ley electoral, una ley electoral que en el Congreso provoca las conocidas disfunciones y que en el Senado, por sus peculiaridades, hace que el PP (en este caso), con menos de un 30% de votos, posea cerca del 60% de los escaños. Una ley electoral que forma parte de un diseño político, el de la Transición, que nos ha sido de extraordinaria utilidad y ha dado a España uno de los períodos de estabilidad económica y política más largos de la historia.

En el entorno del 78 nos dotamos de unas reglas de juego que no puedo menos que calificar de inteligentes. Al final, las cosas no son buenas ni malas per se. Funcionan o no funcionan. Cumplen o no cumplen la finalidad para la que fueron diseñadas. Y dentro de estas reglas de juego se encontraba una ley electoral pergeñada para dotar al parlamento de mayorías estables, en la que las provincias (circunscripciones) pequeñas no se sintieran ninguneadas por su escasa población y en la que los aparatos de los partidos políticos, que en aquella época parecían ser lo más concienciado de la sociedad, tuvieran un papel primordial en el desarrollo de los acontecimientos.

Casi con seguridad, aquella ley electoral fue la mejor que se pudo redactar para una sociedad ilusionada pero que venía de la larguísima noche del franquismo y para la que, salvo señaladas excepciones, la participación política resultaba exótica.

Y seguimos en el tren. El panorama político al que nos enfrentamos los socialistas no es nada fácil. Que nos lo digan a Tarragona. El convoy avanza, el control del guardagujas se vislumbra cada vez de manera más nítida. Entre nosotros hay quien parece refractario a los cambios importantes así como quien opina que en un momento histórico hay que tomar decisiones osadas y que el país (no El País, que eso da para otro capítulo) está en condiciones de experimentar una reforma política de inmenso calado y que somos los socialistas quienes debemos protagonizar el cambio, aunque ello nos suponga compartir la cabina con personajes que no nos gustan y cuyas intenciones últimas adivinamos aviesas.

La ley electoral, que hasta ahora nos ha beneficiado, se nos puede volver en contra de un momento a otro. Es nuestra responsabilidad pues, decidir la vía adecuada o, quizá, descarrilar.


jueves, 28 de enero de 2016

Ya no se juega al póquer en los trenes


cuadro de Manel Pedrol


—As de picas.

—Dos de diamantes.

—Paso.

—Paso... No, perdón, cuatro de picas.
 

AYSE KULIN: El último tren a Estambul

 

 

Adelantaba en mis primeras reflexiones ferroviarias que los trenes son de esos ingenios que nos ofrecen múltiples utilidades, algunas de ellas impensables.

El ferrocarril, incluso más que el barco a lo largo de la historia, es un medio de transporte pensado para mercancías, semovientes y ciudadanos pero, como ya expliqué usando al maestro Larra de portavoz, arrastran muchas cosas, tangibles y, lo que es más importante, intangibles.

También se ha hecho mucha vida en los trenes. Y se ha matado mucho. Y se ha jugado mucho al póker.

Con tanto trajín entre Tarragona (Altafulla o Vila-seca normalmente) y Estació de França y tanto sobresalto en la prensa, me ha dado tiempo a imaginar la realidad como una partida de cartas, en la que S.M. Felipe VI alterna el papel de croupier con el bueno de Patxi López.

Mirándose de reojo, Pablo, Pedro, Mariano y Albert. Entre el público que, como todo el mundo sabe, «calla, mira y da tabaco», reconocemos a Miquel, a Susana, al otro Alberto, a Soraya y a otros personajes mudos, expectantes, quizá ansiosos por ver si por un guiño del azar se queda una silla libre en la que puedan instalarse.

Mariano, que es el más experimentado, abre la partida.

–Como sabéis, la primera mano es mus corrido y sin señas. –espeta.

–Perdona, Mariano, que estamos jugando al póker –le indica amablemente Felipe, no sin cierta sorna.

–Ah, sí, perdón, qué cabeza la mía. Acostumbrado a la baraja de Heraclio Fournier, me ponéis aquí, con esta de tantos naipes y diamantes, picas y comodines y me despisto –explica con la seriedad que solo puede destilar un registrador de la propiedad de Santa Pola–. Entonces, ¿abro yo? No sé con esta mano que me ha tocado…

–¿Cuántas cartas desean? –continúa el soberano croupier, ciudadano Borbón.

–¡Estoy servido! –contesta Pablo con rotundidad–. Y apuesto…

Desde que Alfonso Guerra llamó a Adolfo Suárez «tahúr del Mississipi», nunca se había visto en la política española envite semejante. Es sabido que los representantes populares son más de mus y, en determinadas zonas, de juegos más locales (me cuentan que el cántabro Revilla juega a ‘la flor’, modalidad cuyas reglas desconozco). Quizá, uno de los problemas que han aquejado históricamente a la política de Madrid es que juegan al mus pero, además, se empeñan su suerte en tener cartas de muy bajo valor y, ya se sabe: «jugador de chica, perdedor de mus».

El caso es que la rotundidad con que aquel novato jugador, algo desaliñado para lo que suele ser un habitual del póker, sin «chaleco y reloj» (vuelvo a citar a Alfonso Guerra), arranca la partida, deja estupefactos al resto de los asistentes, tanto al público que observa atónito cómo coloca la totalidad de sus sesenta y nueve fichas en el centro de la mesa, como a los otros tres jugadores.

–Me juego las sesenta y nueve fichas y, si hace falta, Alberto, ese chaval de barba que está ahí de pie, me presta dos más. Y creo que algunos más de entre los presentes respaldarán también el valor de mis cartas.

El otro Albert, por si acaso se refiere a su persona, tan liberal él, echa mano de aquella vieja expresión bancaria:

–¡No doy crédito!

–Pedro mira a Pablo, sentado enfrente de él. Mira sus naipes que sabe que, con seguridad, son mejores que los del jugador de coleta. Levanta los ojos de nuevo y musita, casi susurra en un hilillo de voz…

–Lo veo y apuesto noventa más.

Pedro, en aquel tren, ha ocupado un vagón entero. Lo acompaña lo más selecto de su grupo de amigos. Buena parte del séquito que arropa a Pedro en aquel viaje son compañeros y amigos de su club de póker pero, no se fían de la pericia del madrileño y lanzan un atronador rugido, apenas inteligible pero que, por su nivel de decibelios, hace imperceptible la aceptación de la apuesta y la mejora con aquellas noventa fichas.

Mariano, por su parte, se remueve en la mesa y lanza, visiblemente molesto y a modo de exabrupto.

–¡Yo así no juego! ¡No me da la gana! Mira, Pedro, si tú quieres humillarte y aceptar la apuesta allá tú, pero esta no es forma de jugar a nada. ¡Y menos con este indocumentado!

En ese momento, se escuchan unos perceptibles pero escondidos aplausos desde la segunda fila del público. ¡Es Susana! A la vez, Pedro sigue mirando las cartas y a su oponente de hito en hito y suda hasta empapar la roja corbata.

–Bien, Mariano, nos has trasladado una decisión –explica cordialmente Don Felipe–, ¿deseas abandonar la partida y que jueguen ellos tres? ¿Quizá levantarte y dejar tu silla a otro?

–¡Ah, no! ¡De ninguna manera! ¡Yo me reservo! ¡no me levanto de esta silla, que es mía! Yo no juego pero, por ahora, a ver cómo acaba esto y, ya si tal, me vuelvo a meter en la siguiente mano.

Sonoros aplausos pero, esta vez, de Soraya y el resto de amigos de Mariano que han cogido para ellos dos vagones enteros y, aun desde la desconfianza más absoluta hacia su jugador, han contratado una eficaz claca, con palmeros y palmeras con pompones, dispuestos todos a escenificar una solidez en el equipo hasta que, como está previsto, lancen al propio Mariano por una ventana cuando el tren atraviese el puente más alto del recorrido.

La partida acaba de comenzar. Pablo sonríe sin apartar las manos del centro de la mesa en que ha colocado sus fichas. Pedro suda. Tiene asimismo sus manos sobre sus correspondientes naipes como dispuesto a ponerlos también en el centro pero no lo acaba de hacer. Alberto mira sus naipes una y otra vez como preguntándose por qué no le han salido más que treses, seises y cuatros cuando le habían garantizado unas buenas cartas. Mariano sigue enfadado. Ni juega ni se levanta.

La partida puede ser larga pero si no termina antes de que el tren alcance su destino esta no se suspenderá provisionalmente sino que se dará por finalizada y habrá que esperar a un nuevo viaje en el que se vea, de nuevo, quién se lleva las mejores cartas.

Mientras tanto, Susana, por detrás, no deja de cuchichear con algunos amigos a los que parece intentar convencer de que ella maneja las picas, los diamantes, corazones y demás con mayor pericia que el jugador que los representa y que a ella le parece que se está achicando ante el tahúr de la coleta.

Otro Felipe que asiste de público desde lejos, asiente a los cuchicheos, mientras se acerca a los labios un buen whisky de malta sin hielo y se enciende un puro.