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miércoles, 24 de febrero de 2016

Chacinería ferroviaria





También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan
 la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, 
el automatismo invariable de mis movimientos 
y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos 
«oficiales», anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...

EDUARDO ZAMACOIS: Memorias de un vagón de ferrocarril

–¡Castillo!

–¡Hombre! ¿Qué tal? –saludé con poca convicción.

Era él. Nos habíamos visto hacía pocos días y me había salido con lo de las butifarras de la política. Es cierto que me había advertido de que coincidíamos en el tren con cierta frecuencia pero estas cosas, casi siempre, quedan en el «ya nos vemos si eso». Parece que el azar se había empeñado en hacer trizas la, con frecuencia, tranquilidad de mis trayectos. No obstante, en ese momento me resigné a no poder leer la documentación sobre el trasvase del Ebro que me habían pasado. De hecho, no llegué ni a abrir la carpeta. Podría haber dado alguna comprensible excusa –real, por otra parte– pero por algún motivo decidí no hacerlo. Además, recordaba la charla con aquel personaje (¡joder!, ¿cómo se llamaba?) con cordialidad.

–Buenos días, ¿qué tal? –continué–, ¿para Barcelona de nuevo?

–Sí, buenos días –respondió educado–. Ya le dije que tomo este tren con frecuencia. Una cosa que hay que reconocer es que, a pesar de lo malo de la situación actual en general, las comunicaciones ferroviarias han mejorado una barbaridad. No hace tantos años daba realmente la sensación de que íbamos en tren de Tarragona a Barcelona, pero ahora que tardamos más que entonces (cosa increíble), por un poco más de tiempo, perfectamente podríamos ir en burra. Mi madre, siempre que se refería a algo muy lento decía «es más lento que el Mixto».

–¿El mixto? –pregunté extrañado.

–Sí –me explicó–. Por lo visto, «El Mixto» era un antiguo tren mixto, o sea, que transportaba mercancías, personas y, a veces, hasta ganado. Entre que era de aquellos de carbón que echaban tanto humo y que debía de parar en todos los apeaderos habidos y por haber en sus trayectos, los viajes en El Mixto eran legendarios por eternos.

–¡Anda! ¡Qué curioso! Pues no sabía. Tu madre era de Cartagena me dijiste, ¿no? Oye, eso sí, me vas a disculpar pero tengo la cabeza en veinte cosas y no me acaba de salir tu nombre. Pero habíamos quedado en que nos íbamos a tutear.

En este punto del relato debo aclarar dos cosas. Le pedí disculpas a él, pido disculpas a mis lectores y, sobre todo, me pido disculpas a mí mismo por no recordar el nombre de un ciudadano con el que hacía escasas jornadas había estado compartiendo charla y viaje. También me avergüenza un poco el sacar a colación su ascendencia cartagenera, que no venía a cuento pero el hecho de que en la memoria me quedara algún dato de aquel hombre y, sobre todo, hacérselo saber, aminoraba mi sensación de pudor por lo del nombre.

La segunda aclaración es que eso «del Mixto» no me sonaba de nada pero, como curiosidad, luego busqué la expresión en Google y no me apareció nada parecido. Cosas de madres, imagino.

–Enric. No te preocupes.

–Ah, sí, disculpa, disculpa.

–¿Estás ocupado o seguimos con lo de las butifarras que me empezaste a contar el otro día?

En ese momento me asaltó de nuevo la tentación de excusarme amablemente pero no lo hice.

–No, siéntate si quieres y vamos charlando. ¿Dónde nos habíamos quedado?

–Me estabas explicando lo de las butifarras –sonrió.

–Ah, sí, la chacinería.

–Sí, el otro día me decías que muchas veces salen cosas en la prensa que no se corresponden con hechos delictivos concretos y me ponías de ejemplo algo de vuestro anterior secretario general.

–Sí, lo del Pere pero es que el asunto es otro –comencé a explicar–. A mí me tiene, como ciudadano y como político, muy preocupado todo lo que está pasando aunque, el fondo, nos deberíamos alegrar.

–Sí, da mucha alegría –ironizó Enric.

–Sí, hombre –continué–, la alegría no porque haya tantísimos casos de corrupción, que esos ya estaban, es porque la preocupación no aparece cuando los casos se producen sino justamente ahora que parece que la Fiscalía Anticorrupción se ha puesto las pilas y todo se está desmantelando y eso nos debe satisfacer.

–Bueno, visto así… Pero, ¡narices! ¡Es que no se salva nadie! Todos los días aparecen chorizos nuevos. ¿No hay gente honrada en política? Es que es lo que no me entra en la cabeza. Y ya lo de Valencia es… Bueno, lo de Valencia, que aquí en Catalunya tenemos lo nuestro.

–Pues te diré –continué– que yo creo que la cosa es más preocupante de lo que piensas pero por distintos motivos.

–¿No te preocupa la sensación de que estamos gobernados por ladrones y filibusteros?

–Es que no es así. En el fondo, no hay tanta butifarra. Hay casos, por supuesto. Me llama mucho la atención un valenciano, precisamente, que está en la cárcel. Un tipo que empezó su carrera política en el FRAP, un grupo terrorista de los setenta, marxista-leninista; tuvo cargos en el PSOE, fue Conseller con el PP y de ahí a la cárcel.

–¡Ah! Me suena esa historia, un tal Blasco. ¡Menudo pájaro! Se quedaba con la pasta destinada a la cooperación internacional.

–Sí, ese. Pues como Blasco hay muchos pero en el fondo hay muchos menos de los que parece y paradójicamente es peor.

Enric ponía cara de no entender nada de aquel aparente trabalenguas. Seguí.

–Si prestas atención a las noticias verás que las Gürtel, Púnica, Acuamed y las que se te ocurran, en el fondo, no son asuntos de personas particulares que decidan robarnos sino asuntos de financiación ilegal de partidos políticos, especialmente el PP.

–Bueno, el PP y todos –apuntó mi interlocutor.

–Tampoco me parece que el mensaje «todos son iguales» sea ni justo ni positivo. Dicho esto, en Catalunya, con CiU ha habido problemas muy gordos.

–El famoso 3%.

–Exacto pero, ¿recuerdas quién fue el primero que lo denunció, mucho antes de que todos estos empezaran a desfilar por los juzgados?

–¡Coño! ¿No fue Pasqual Maragall?

–Sí. Y como la gente es así de cabrona, se atribuyó a las «maragalladas» y luego a que si el Pasqual no sabía lo que decía por su enfermedad que, por cierto, ha llevado con muchísima dignidad.

–Pues es verdad –asintió mi compañero de viaje–. ¿Dices entonces que roban para los partidos?

–Pues es que es así. No es tanto un problema de que haya tantos o cuantos chorizos, butifarras como decías tú, como de que tenemos todos que hacer un severo esfuerzo por darle una vuelta a este sistema que está todo hecho una mierda. Y una de las cuestiones que nadie nos atrevemos a poner encima de la mesa de forma sincera es la de la financiación de los partidos políticos, que recordemos que son instrumentos esenciales para nuestra democracia.

–Estamos llegando pero me parece muy interesante lo que dices.

–Gracias pero, si te fijas, por mala que sea la sensación social, el asunto es más profundo y más preocupante. No podemos seguir así. Pero sí, estamos llegando. Otro día más.

–Venga, que tengas buen día.

–Igualmente, Enric. Un abrazo.




jueves, 18 de febrero de 2016

Butifarras en el tren


Dentro de pocos meses oiréis resonar por estas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor que nos llama a la civilización…

ARMANDO PALACIO VALDÉS: La aldea perdida.

–Hola, Carles Castillo, ¿no? ¿Le importa que me siente?
–Sí, bueno, soy Carles Castillo, siéntate, claro –accedí un poco extrañado.

Me llamaron la atención varias cosas. Por una parte, políticos y no políticos solemos respetar al de enfrente y su intimidad en el transporte público. Es cierto que, alguna que otra vez, personas de edad, por lo común militantes socialistas y a las que trato, sean hombres o mujeres, como a mi misma madre, se me abalanzan para animarme y contarme que me han visto por la tele o en un mitin o acto del partido. Son entrañables y sus consejos, casi siempre, dignos de tener en cuenta, con la salvedad de la coletilla nada infrecuente de «y qué guapo es el Primer Secretario» (!!!). Aparte, como digo, de personas con cierta veteranía a las que la edad ha despojado felizmente de pudor, casi nunca se me acerca persona alguna en el autobús o el tren. Sí me pasaba, sin embargo, bastante a menudo, por la calle, cuando estaba de concejal en Tarragona. Este ciudadano me conocía y su rostro carecía de registro en el archivo facial que toda persona tiene en su cabeza. Lógicamente, me había visto en la prensa o en algún acto.

También me llamaba la atención otra cosa: me trataba de usted y se dirigía a mí en castellano. Haciendo un análisis rápido, me resultaba evidente que no era compañero del partido porque no me habría tratado de usted. Lo del idioma se me hacía más raro aún porque, aunque el castellano es mi lengua materna y en la que aún me dirijo a mis padres y escribo muchos de mis textos, en la vida cotidiana nos hemos acostumbrado a usar el catalán como forma habitual de comunicación. Además, es la que se acostumbra en mi casa, pues es en la que me dirijo a mis hijos.

El que yo lo contestara apeando el tratamiento del «usted» no tuvo pretensiones de ser falta de consideración por mi parte. Simplemente, me resulta más cómodo. La conversación fluye mejor y mi intención era que si aquel anónimo ciudadano iba a darme palique, al menos hiciera lo propio y procediera a tutearme. Además, le calculé unos pocos años más que yo y me parecía lo lógico.

Tal y como sospechaba, aquel personaje tenía ganas de charla. Seguía mi trayectoria según me confesó y, además, ahí estaba la clave, su padre era cartagenero. ¡Acabáramos! De todas maneras, al parecer, no era la primera vez que coincidíamos en el ferrocarril pero sí que nuestros asientos estaban tan próximos esta vez que facilitaban la charla.

Debo admitir que, por lo general, no me gusta que me aborden sin venir a cuento, pero también es cierto que charlar de vez en cuando con personas alejadas de este microcosmos que es la política nos ayuda, con frecuencia a tener una perspectiva de la que a veces carecemos los políticos.

Pasados los minutos de las presentaciones y las generalidades, el hombre, al que podemos llamar Enric, se atreve a lanzar su pregunta.

–Pero explícame una cosa, ¿cómo hay tanto chorizo en política o, si queremos catalanizarlo, tanta butifarra?

La verdad es que con el cariz que estaba tomando aquel diálogo me estaba viendo venir la «pedrada» tanto que no pude sino empezar a responder esbozando una sonrisa.

–¡Butifarra! Hombre, está bien eso pero, ¿a qué te refieres? A ver, sé más explícito.

–Hombre, Carles, llevamos una temporada que no hay día que la prensa no anuncie un nuevo escándalo y que alguien se lo ha llevado caliente. Ayer dimite la Esperanza Aguirre esta que parecía que no la echaban ni con lejía pero es que hace unos días nos enteramos de que han imputado a este de los vuestros que fue alcalde de Tarrassa.

–¡Ah! ¡El Pere!

–Sí, exacto, Pere Navarro, que además fue también secretario general de vuestro partido, ¿no?

Comentaba antes que charlar con personas alejadas de la actividad política me resulta enriquecedor. Tenía ante mí a Enric, un ciudadano lo suficientemente informado como para seguir a grandes rasgos la actualidad, pero suficientemente lejano a ella como para llamar «secretario general» a nuestro «primer secretari». En resumen, Enric no parecía una persona sin más, sino algo que a los representantes institucionales nos resulta primordial: la voz de la calle.

–Sí, sí, primer secretari pero el asunto del Pere que ha salido en la prensa no tiene nada que ver con ningún choriceo ni butifarreo ni nada sino que es algo tan sencillo como que a un tipo le escuchan decir por teléfono «voy a pedir un favor al Pere Navarro» y como un investigado tiene más garantías procesales que un simple testigo, el juez decide otorgarle esa categoría que, lógicamente, no implica absolutamente nada. Yo soy abogado y lo entiendo en estos términos pero comprendo que con el follón con el que nos enfrentamos a diario en la calle al final se mezcle todo. El Pere es un buen hombre y no he tenido nunca referencias siquiera lejanas de que haya hecho nada vergonzoso ni cuando era alcalde de Tarrasa ni cuando fue diputado en el Parlament, como soy yo ahora ni, por supuesto, como Primer Secretari de los socialistas catalanes. Es una persona honesta incluso hasta para dimitir voluntariamente de alcalde en su momento, para dedicarse exclusivamente a candidato al Parlament. Y esto no lo diría por mucha gente: -me mojaría porque es inocente de haber hecho nada malo...

–Bueno, no sé –me interrumpió Enric– pero entiende que quizá en este caso sea como dices pero en Catalunya y en todo el Estado saltan líos de cosas gordísimas a diario. La sensación que tenemos muchas personas es la de que hay que tomar medidas para limpiarlo todo a fondo, desde los despachos de ministros y consellers hasta los juzgados pasando por lo que se te ocurra.

Ante esa afirmación de mi interlocutor me asaltó una duda, una curiosidad. No era importante pero mi lado cotilla me llevó a preguntar yo también.

–Oye, Enric, ahora te explico esto, que yo creo que no se entiende del todo pero tienes mucha razón en lo que dices y muchos estamos en esa clave. ¿En las generales votaste a los del Rivera o a los de la Colau?

–No, no, no me líes y no te líes. Mi percepción sobre la realidad política es la de cualquier ciudadano, creo yo, y eso es independiente de a quién haya votado o dejado de votar. Tenemos la mala costumbre de colgar etiquetas y, en función de eso, calificar puntos de vista. Solo te digo una cosa. Si yo pensara que tú puedes tener que ver en algún asunto de los miles que brotan no te estaría preguntando.

–¿Pues sabes qué? ¡Que tienes toda la puñetera razón! Me había asaltado la curiosidad pero es cierto que la situación general está tan envenenada que prestamos oído al de enfrente en función de la cartela que lleve y no por lo que dice. Así no podemos avanzar.

De pronto, en catalán, inglés y castellano escuchamos: «próxima estación, Barcelona».

–Vaya, esto al final se nos ha quedado corto pero tenía mucho interés en explicarte lo que yo pueda saber y entender del asunto este de las butifarras. ¿Coges este tren con frecuencia?

–Sí, sí –replicó Enric–, ya te digo que no es la primera vez que coincidimos lo que pasa es que…

–¡Pues no te cortes! Si vamos a coincidir más veces. Hombre, a ver, que me puedes pillar preparando un acto o estudiando un documento o alguna de estas cosas que aprovecho para hacer en el tren pero me encantaría que coincidiéramos más veces y seguir charlando. A mí también me viene muy bien.

–Pues encantado.

–Pues hasta pronto entonces.



martes, 9 de febrero de 2016

Hay que esforzarse por no descarrilar


Hay que esforzarse por no descarrilar
La locomotora vencía al aire, a la gravedad, 
era el progreso sobre rieles, la esperanza, 
la modernidad, el futuro…

ELENA PONIATOWSKA: El tren pasa primero

Comentábamos en la anterior entrada que los trenes son ingenios sumamente útiles y que pueden ser escenario de los fenómenos más diversos. Hablábamos del póker y mientras escribo estas líneas se me viene a la cabeza una secuencia de Con la muerte en los talones a la que la inefable censura franquista decidió quitar el sonido para que no quedase tan claro que, en aquel coche-cama, Cary Grant y la guapísima Eva Marie Saint perpetraban un adulterio en toda regla. En fin…

Tengo la sensación de que en el PSOE y, quizá en mayor medida, en el PSC, la militancia y sus cuadros se sienten en un tren de alta velocidad que se acerca vertiginoso a un lugar de cambio de agujas pero con la conciencia de que hay que tomar el camino adecuado porque una indecisión en el peor momento nos llevaría a descarrilar. Ahora bien, asumida esa realidad, las opciones y hasta las estrategias para decidir qué vía debe seguirse los próximos cientos de kilómetros son cuando menos, controvertidas.

Como no todo van a ser metáforas y chascarrillos ferroviarios, voy a ir desgranando lo que, en mi opinión, puede estar detrás de los distintos puntos de vista y voy a empezar a analizar cuestiones que están sobre la mesa pero de las que no se habla cuando se mentan las famosas «líneas rojas».

Y es que hoy quiero hablar de algo tan supuestamente anodino como la ley electoral...

Quienes nos dedicamos a esto, y no tanto nuestros votantes, sabemos que las leyes electorales están muy lejos de ser cuestiones técnicas; su redacción está cargada de una honda intencionalidad política que tiene que ver de manera primordial con el modelo de Estado (o de Comunidad Autónoma), con el peso mayor o menor de los partidos políticos en el desarrollo democrático, asimismo, y en sentido contrario, con el peso mayor o menor de la ciudadanía en las decisiones que se toman.

El ciudadano medio sabe que existen importantes disfunciones entre el número de votos y la representación que estos votos tienen en el Parlamento. El caso que más llama la atención, desde siempre, es el de IU: en las últimas elecciones generales casi un millón de votos y dos diputados. Pero no es el único caso singular. Los que vivimos en Catalunya recordamos aquellos comicios al Parlament en los que el PSC ganó en número de votos pero CiU en escaños. ¿Cómo puede ser esto? Asimismo, en el parlamento vasco es frecuente la circunstancia de que los partidos abertzales de distinto signo alcancen un número total de votos claramente mayoritario pero, sin embargo, se han dado ocasiones en los que ni siquiera alcanzaban la mayoría necesaria para gobernar (así llegó a lehendakari el compañero Patxi López).

Quizá en futuras entradas me detenga a explicar, técnicamente, las peculiaridades de las distintas leyes electorales españolas y a qué lógica responde cada una de ellas. No lo haré en este momento pero sí daré un par de apuntes sobre los ejemplos propuestos: un diputado al Parlament por Barcelona «cuesta» del orden de 65.500 votos mientras que uno por Lleida precisa menos de 30.000 sufragios. Asimismo, un diputado por Álava –provincia o, como dicen ellos, «territorio histórico», tradicionalmente centralista– necesita unas 13.000 papeletas para alcanzar un asiento mientras que en Vizcaya (feudo tradicional del PNV) 46.000 votos no garantizan la elección.

Una de las condiciones que pone Podemos (lo sé, ¡acabo de mentar a la bicha!) para formar un gobierno de coalición es la reforma de la ley electoral, una ley electoral que en el Congreso provoca las conocidas disfunciones y que en el Senado, por sus peculiaridades, hace que el PP (en este caso), con menos de un 30% de votos, posea cerca del 60% de los escaños. Una ley electoral que forma parte de un diseño político, el de la Transición, que nos ha sido de extraordinaria utilidad y ha dado a España uno de los períodos de estabilidad económica y política más largos de la historia.

En el entorno del 78 nos dotamos de unas reglas de juego que no puedo menos que calificar de inteligentes. Al final, las cosas no son buenas ni malas per se. Funcionan o no funcionan. Cumplen o no cumplen la finalidad para la que fueron diseñadas. Y dentro de estas reglas de juego se encontraba una ley electoral pergeñada para dotar al parlamento de mayorías estables, en la que las provincias (circunscripciones) pequeñas no se sintieran ninguneadas por su escasa población y en la que los aparatos de los partidos políticos, que en aquella época parecían ser lo más concienciado de la sociedad, tuvieran un papel primordial en el desarrollo de los acontecimientos.

Casi con seguridad, aquella ley electoral fue la mejor que se pudo redactar para una sociedad ilusionada pero que venía de la larguísima noche del franquismo y para la que, salvo señaladas excepciones, la participación política resultaba exótica.

Y seguimos en el tren. El panorama político al que nos enfrentamos los socialistas no es nada fácil. Que nos lo digan a Tarragona. El convoy avanza, el control del guardagujas se vislumbra cada vez de manera más nítida. Entre nosotros hay quien parece refractario a los cambios importantes así como quien opina que en un momento histórico hay que tomar decisiones osadas y que el país (no El País, que eso da para otro capítulo) está en condiciones de experimentar una reforma política de inmenso calado y que somos los socialistas quienes debemos protagonizar el cambio, aunque ello nos suponga compartir la cabina con personajes que no nos gustan y cuyas intenciones últimas adivinamos aviesas.

La ley electoral, que hasta ahora nos ha beneficiado, se nos puede volver en contra de un momento a otro. Es nuestra responsabilidad pues, decidir la vía adecuada o, quizá, descarrilar.


jueves, 28 de enero de 2016

Ya no se juega al póquer en los trenes


cuadro de Manel Pedrol


—As de picas.

—Dos de diamantes.

—Paso.

—Paso... No, perdón, cuatro de picas.
 

AYSE KULIN: El último tren a Estambul

 

 

Adelantaba en mis primeras reflexiones ferroviarias que los trenes son de esos ingenios que nos ofrecen múltiples utilidades, algunas de ellas impensables.

El ferrocarril, incluso más que el barco a lo largo de la historia, es un medio de transporte pensado para mercancías, semovientes y ciudadanos pero, como ya expliqué usando al maestro Larra de portavoz, arrastran muchas cosas, tangibles y, lo que es más importante, intangibles.

También se ha hecho mucha vida en los trenes. Y se ha matado mucho. Y se ha jugado mucho al póker.

Con tanto trajín entre Tarragona (Altafulla o Vila-seca normalmente) y Estació de França y tanto sobresalto en la prensa, me ha dado tiempo a imaginar la realidad como una partida de cartas, en la que S.M. Felipe VI alterna el papel de croupier con el bueno de Patxi López.

Mirándose de reojo, Pablo, Pedro, Mariano y Albert. Entre el público que, como todo el mundo sabe, «calla, mira y da tabaco», reconocemos a Miquel, a Susana, al otro Alberto, a Soraya y a otros personajes mudos, expectantes, quizá ansiosos por ver si por un guiño del azar se queda una silla libre en la que puedan instalarse.

Mariano, que es el más experimentado, abre la partida.

–Como sabéis, la primera mano es mus corrido y sin señas. –espeta.

–Perdona, Mariano, que estamos jugando al póker –le indica amablemente Felipe, no sin cierta sorna.

–Ah, sí, perdón, qué cabeza la mía. Acostumbrado a la baraja de Heraclio Fournier, me ponéis aquí, con esta de tantos naipes y diamantes, picas y comodines y me despisto –explica con la seriedad que solo puede destilar un registrador de la propiedad de Santa Pola–. Entonces, ¿abro yo? No sé con esta mano que me ha tocado…

–¿Cuántas cartas desean? –continúa el soberano croupier, ciudadano Borbón.

–¡Estoy servido! –contesta Pablo con rotundidad–. Y apuesto…

Desde que Alfonso Guerra llamó a Adolfo Suárez «tahúr del Mississipi», nunca se había visto en la política española envite semejante. Es sabido que los representantes populares son más de mus y, en determinadas zonas, de juegos más locales (me cuentan que el cántabro Revilla juega a ‘la flor’, modalidad cuyas reglas desconozco). Quizá, uno de los problemas que han aquejado históricamente a la política de Madrid es que juegan al mus pero, además, se empeñan su suerte en tener cartas de muy bajo valor y, ya se sabe: «jugador de chica, perdedor de mus».

El caso es que la rotundidad con que aquel novato jugador, algo desaliñado para lo que suele ser un habitual del póker, sin «chaleco y reloj» (vuelvo a citar a Alfonso Guerra), arranca la partida, deja estupefactos al resto de los asistentes, tanto al público que observa atónito cómo coloca la totalidad de sus sesenta y nueve fichas en el centro de la mesa, como a los otros tres jugadores.

–Me juego las sesenta y nueve fichas y, si hace falta, Alberto, ese chaval de barba que está ahí de pie, me presta dos más. Y creo que algunos más de entre los presentes respaldarán también el valor de mis cartas.

El otro Albert, por si acaso se refiere a su persona, tan liberal él, echa mano de aquella vieja expresión bancaria:

–¡No doy crédito!

–Pedro mira a Pablo, sentado enfrente de él. Mira sus naipes que sabe que, con seguridad, son mejores que los del jugador de coleta. Levanta los ojos de nuevo y musita, casi susurra en un hilillo de voz…

–Lo veo y apuesto noventa más.

Pedro, en aquel tren, ha ocupado un vagón entero. Lo acompaña lo más selecto de su grupo de amigos. Buena parte del séquito que arropa a Pedro en aquel viaje son compañeros y amigos de su club de póker pero, no se fían de la pericia del madrileño y lanzan un atronador rugido, apenas inteligible pero que, por su nivel de decibelios, hace imperceptible la aceptación de la apuesta y la mejora con aquellas noventa fichas.

Mariano, por su parte, se remueve en la mesa y lanza, visiblemente molesto y a modo de exabrupto.

–¡Yo así no juego! ¡No me da la gana! Mira, Pedro, si tú quieres humillarte y aceptar la apuesta allá tú, pero esta no es forma de jugar a nada. ¡Y menos con este indocumentado!

En ese momento, se escuchan unos perceptibles pero escondidos aplausos desde la segunda fila del público. ¡Es Susana! A la vez, Pedro sigue mirando las cartas y a su oponente de hito en hito y suda hasta empapar la roja corbata.

–Bien, Mariano, nos has trasladado una decisión –explica cordialmente Don Felipe–, ¿deseas abandonar la partida y que jueguen ellos tres? ¿Quizá levantarte y dejar tu silla a otro?

–¡Ah, no! ¡De ninguna manera! ¡Yo me reservo! ¡no me levanto de esta silla, que es mía! Yo no juego pero, por ahora, a ver cómo acaba esto y, ya si tal, me vuelvo a meter en la siguiente mano.

Sonoros aplausos pero, esta vez, de Soraya y el resto de amigos de Mariano que han cogido para ellos dos vagones enteros y, aun desde la desconfianza más absoluta hacia su jugador, han contratado una eficaz claca, con palmeros y palmeras con pompones, dispuestos todos a escenificar una solidez en el equipo hasta que, como está previsto, lancen al propio Mariano por una ventana cuando el tren atraviese el puente más alto del recorrido.

La partida acaba de comenzar. Pablo sonríe sin apartar las manos del centro de la mesa en que ha colocado sus fichas. Pedro suda. Tiene asimismo sus manos sobre sus correspondientes naipes como dispuesto a ponerlos también en el centro pero no lo acaba de hacer. Alberto mira sus naipes una y otra vez como preguntándose por qué no le han salido más que treses, seises y cuatros cuando le habían garantizado unas buenas cartas. Mariano sigue enfadado. Ni juega ni se levanta.

La partida puede ser larga pero si no termina antes de que el tren alcance su destino esta no se suspenderá provisionalmente sino que se dará por finalizada y habrá que esperar a un nuevo viaje en el que se vea, de nuevo, quién se lleva las mejores cartas.

Mientras tanto, Susana, por detrás, no deja de cuchichear con algunos amigos a los que parece intentar convencer de que ella maneja las picas, los diamantes, corazones y demás con mayor pericia que el jugador que los representa y que a ella le parece que se está achicando ante el tahúr de la coleta.

Otro Felipe que asiste de público desde lejos, asiente a los cuchicheos, mientras se acerca a los labios un buen whisky de malta sin hielo y se enciende un puro.

lunes, 25 de enero de 2016

"Lo riu és vida"

 


Torna la Marxa Blava

Onze anys després de la derrota del PP a les eleccions del març de 2004, que va permetre retirar el Pla Hidrològic Nacional (PHN), tornen les manifestacions al carrer pel mateix tema. L’Ebre torna a ser objecte de batalles i el crit de ‘lo riu és vida’ ressorgeix davant la insensibilitat d’un Govern a qui no li importa la riquesa d’un Delta que fou declarat Reserva de la Biosfera per l’Unesco l’any 2013.

El passat 8 de gener, el Consell de Ministres d’un Govern en funcions aprovava la revisió del Pla de Conca del Delta de 2016 a 2021. Després que durant els últims mesos el Govern de Mariano Rajoy havia retingut aquest document, per evitar enterbolir la campanya, en una tàctica clarament enganyosa, finalment donava llum verda a un pla que no contempla cap de les reclamacions fetes des del territori. Es rebaixa a fins 3.000 hectòmetres cúbics el cabal mínim del riu, menys de la meitat de la xifra que les entitats ecologistes assenyalen, per tal de no posar en perill la supervivència del Delta.

El pla hidrològic del PP preveu 465.000 hectàrees de reg al llarg de la conca de l’Ebre. La mort del Delta si hi sumem els 56 embassaments previstos, que no permetran l’arribada de nous sediments. 
Ara sabem perquè Rajoy i els seus no van voler parlar del Pla de Conques la passada campanya. 

Els vells fantasmes que amenacen la riquesa ambiental d’aquest territori ressorgeixen, mentre s’obre la porta a la comercialització d’aquesta aigua al llarg dels més de 900 quilòmetres de recorregut del riu.

L’Ebre sense el cabal és la mort. Ho saben els ebrencs i ebrenques, però també els milers de persones que ara fa més de deu anys van sumar-se a una Marxa Blava que es va convertir en una de les més grans manifestacions ecologistes del nostre país. Centenars de persones, vingudes des de fora de Catalunya, es van sumar a una causa davant el que era un autèntic desafiament de cara a la supervivència del riu.

Ara estem de nou davant dels mateixos fantasmes. La marea de samarretes blaves i nusos tornarà a sortir el proper dia 7 de febrer per deixar ben clar que amb el riu no s’hi juga. Perquè és això el que defensarem. Per molt que alguns vulguin veure-hi una nova agressió de Madrid cap a Catalunya, això no és una lluita de banderes, ni de nacionalismes. No podem simplificar la defensa del Delta a una qüestió territorial. No és una qüestió relativa a l’independentisme. No ho vam barrejar llavors, i tampoc ho hauriem de fer ara. No podem excloure, sinó que hem de sumar a totes aquelles persones que volen que no deixi de fluir l’aigua per aquesta gran arteria. A totes aquelles persones que tenen una mínima sensibilitat mediambiental, i volen defensar la gran riquesa d’ecosistemes que hi ha darrera del Delta. Entre tots i totes fem que  ‘lo Riu és vida’ arribi fins a la Moncloa.
 

lunes, 18 de enero de 2016

El tren

Entorno del Parlament el día de la investidura del MHP Puigdemont



Después de latir a velocidad 
Ya va lento a su final 
Casi tú sabes cuando va a parar 
Si controlas tu viaje serás feliz.
LEÑO: «El Tren»

El tren

Los medios de transporte casi nunca son solo medios de transporte. No se limitan a mover objetos o seres materiales de un lado a otro.

Uno de nuestros mejores “autocríticos”, el maestro Mariano José de Larra comenzaba su artículo «La diligencia» con las siguientes palabras: «Cuando nos quejamos de que “esto no marcha”, y de que la España no progresa, no hacemos más que enunciar una idea relativa; generalizada la proposición de esa suerte, es evidentemente falsa; reducida a sus límites verdaderos, hay un gran fondo de verdad en ella».

Y añadía más adelante: «los tiranos, generalmente cortos de vista, no han considerado en las diligencias más que un medio de transportar paquetes y personas de un pueblo a otro; seguros de alcanzar con su brazo de hierro a todas partes, se han sonreído imbécilmente al ver mudar de sitio a sus esclavos; no han considerado que las ideas se agarran como el polvo a los paquetes y viajan también en diligencia».

«Las ideas se agarran como el polvo a los paquetes», qué gran afirmación... Larra falleció en 1837, el mismo año en que arrancaba la primera línea férrea española que no es, como nos cuentan, la Barcelona-Mataró (1848) sino la que unía La Habana con Güines, en Cuba. En caso de que hubiese conocido el tren no habría dedicado este artículo a la diligencia.

El tren es, además, siempre metáfora de avance social, ideológico, de cambio de actitudes, de mejora social. No es casualidad que, discusiones sobre el modelo aparte (incluso reconozco la crítica de excesiva “radialidad” desde Madrid), uno de los principales artífices del salto cuantitativo y cualitativo que tuvo el ferrocarril en España fuera socialista y catalán: Josep Borrell.

Referido a España y Cataluña, el tren es metáfora, casi alegoría, diría yo, de muchas más cosas, y de ahí las discusiones que siempre ha levantado en nuestro territorio. No fue Fraga quien inventó el Spain is different. Ya los peculiares políticos españoles del XIX se empecinaron en mantener en nuestros campos esa singularidad llamada ancho ibérico en las vías, que supuso que los españoles, durante más de cien años, cuando atravesaban los Pirineos en busca de hacer negocios o conocer la modernidad europea hubieran de cambiar de tren. Quizá el problema es que los tiranos españoles, en contra de lo defendido por Larra, sí eran conscientes de que el tren también servía para mover las ideas de progreso que iban extendiéndose por Europa, y que aquí parecían tan peligrosas, y era la estrategia para entorpecerlas. No lo sé realmente pero, en caso de duda, siempre soy partidario del conocido principio de Hanlon: «no achaques a la maldad lo que puedas explicar mediante la estupidez».

Ya lo he explicado en este blog, en las últimas elecciones municipales dejé de ser concejal de mi querida Tarragona (http://carlescastillotgn.blogspot.com.es/2015/06/discurs-ultim-plenari-de-mandat-2015.html), dejé de ir a pie o en automóvil a ver obras, edificios, visitar asociaciones vecinales o, simplemente, acercarme a mi despacho del ayuntamiento.

Como sabéis, las últimas autonómicas catalanes sirvieron para que, en primer lugar, por la confianza de las compañeras y compañeros socialistas, y en segunda lugar por la del electorado tarraconense, fuera elegido diputado en el Parlament, y empezara a tomar casi a diario el tren que nos acerca a Barcelona.

Esa hora y pico de recorrido de ida, con su otra tanta de vuelta, casi siempre en soledad, da para mucho: leer mails, preparar agendas, estudiar proyectos, informarme de las últimas novedades aparecidas en la prensa y, sobre todo, para pensar. Incluso para escribir. Estoy seguro de que muy buena parte de los artículos de esta mi nueva etapa política serán, al menos esbozados, sobre la mesita de la que estos magníficos vagones disponen frente a algunos de sus cómodos asientos. Por cierto, detalle “de trinchera”; que te toque o no es cuestión de ser rápido al subir, o de subirte en una de las estaciones iniciales del recorrido.

La escritura nos comunica con los demás pero, sobre todo, nos comunica con nosotros mismos. Nos obliga a ordenar ideas que, con frecuencia bullen en nuestra cabeza, más en forma de sentimientos o sensaciones que elementos racionales objetivos. Lo que os cuento a vosotras y vosotros, antes que a nadie me lo cuento a mí. Y pienso aprovechar el tren, este tren que mueve personas, paquetes e ideas, para este fin. Inicio pues un nuevo ciclo de artículos, que tendrán entre todos ellos el hilo conductor del tren, pues será donde se producirá al menos su génesis inicial.

Arranca además esta nueva etapa en el, quizá, mayor momento de incertidumbre política acaecido desde la Transición, tanto en Catalunya como en el Estado aunque, por diferentes razones, ¿o por las mismas?

Aunque este primer artículo de la nueva etapa tiene como vocación ser presentación y salutación, os adelanto algunos aspectos que iremos desgranando en los próximos capítulos.

En mi también querida Cartagena he escuchado una expresión que me parece ingeniosa: «agarrar el cesto de las chufas». Hace referencia a la actitud de alguien que, en una reunión, se enfada y se marcha sin más explicaciones. También se suelta cuando alguien tiene una reacción extemporánea.

Adelanto que poseo la íntima convicción de que el actual gobierno de Madrid está encantado con que Puigdemont y sus aliados amenacen constantemente con agarrar la cesta de las chufas.

Adelanto también, en este momento de incertidumbre y constantes controversias, que España se encuentra ante la oportunidad histórica de dar el gran salto adelante (las minúsculas son a propósito, no sea que me llamen maoísta) y en muy buena medida nos corresponde a los socialistas, catalanes y del resto del Estado, protagonizar este salto, y hacerlo con otras fuerzas progresistas con las que deberíamos encontrar lugares de convergencia (acabo de recuperar esta palabreja en mi vocabulario).

Asimismo adelanto que no nos podemos permitir el lujo de hacer políticas distintas que no sean las del acuerdo, el debate sano, la confrontación de ideas (y no de gónadas, como casi siempre). Tengo la sensación, además, de que en lo que pueda depender de Miquel Iceta o Pedro Sánchez Castejón va a ser así.

Y adelanto, por último, que concejal o diputado, en Tarragona o en Barcelona, a las «ordenes» de Pep Fèlix o de Miquel, que seguiré siendo políticamente incorrecto y trasgresor, a la vez que leal y entregado a la causa.

Y todos quienes queráis tomar este tren conmigo seréis bien recibidos. 

lunes, 11 de enero de 2016

Gratuïtat de l'A-7 ja





Gratuïtat de l’A-7 ja

Hi ha problemes que per la seva magnitud o afectació impliquen necessàriament solucions immediates, i això és exactament el que està passant amb la nostra N-340, que requereix mesures urgents ja. No podem seguir amagant el cap rere l’ala, esperant projectes de desdoblament que no arriben, mentre es juga amb la seguretat dels milers de conductors que a diari utilitzen aquesta carretera.

Estem davant la mateixa Via Agusta de fa més de 2.000 anys d’història, aquell camí d’Aníbal on ara hi tenim asfalt, però que no ha fet el salt que li correspondria per ser un dels eixos viaris amb més circulació de tot l’Estat. Alguns dels principals municipis s’han desenvolupat al voltant de la N-340, i ara tenim una carretera nacional que creua nuclis de població, amb semàfors, rotondes i passos de zebra. Ja n’hi ha prou de greuges. Ja n’hi ha prou de no voler veure que la infraestructura actual no pot absorbir un trànsit que va des de dels camions de mercaderies que creuen de nord a sud la nostra província, als desplaçaments propis de qualsevol carrer major. 

 Aquest territori ha dit prou. Han dit prou els veïns de l’Ebre, que des de fa unes quantes setmanes tallen cada dijous una carretera que s’ha convertit en la nacional de la vergonya. També han dit prou des del Penedès, que el passat dia 29 es van sumar a les mobilitzacions exigint una solució. I està clar que aquesta no passa per la construcció d’onze rotondes, ni per prohibir la circulació d’uns camions que, com la resta de vehicles, pateixen les mancances d’una infraestructura que ha quedat obsoleta.  

Quan es van fer les obres de construcció del cinturó de Tarragona es va acordar la gratuïtat de l’autopista fins a Torredembarra. En aquell moment es va considerar una situació excepcional, que requeria una actuació per part de l’administració, per tal de no perjudicar als milers de conductors que feien aquest desplaçament. Ara, de nou, estem davant d’una situació excepcional. Ara és el moment de tornar a obrir el veritable debat. És el moment que de cara a aquesta realitat, que tant des del Ministeri de Foment com des de la Generalitat es neguen a veure, tornem a obrir el meló per solucionar un greuge que massa perjudicis ens està portant. I és moment de fer-ho des del consens i del rigor. D’assentar-nos amb la concessionària i de parlar de terminis i dels costos d’un rescat que ara per ara és la única solució. Perquè de pegats i de solucions a mitges ja en tenim prou.

El problema de la N-340 no és un problema ni de l’Ebre ni del Penedès. Afecta a tota la demarcació i, per tant, hem d’estar a l’alçada i no seguir essent còmplices d’una situació que aquest any ja suma tretze víctimes. Cap inversió és inassumible si al final podem evitar que hi hagi cap nou accident.