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domingo, 15 de marzo de 2015

Se cierra el círculo, no, el octógono




A mi padre, todas estas cosas de los templarios le resultan indiferentes y ni siquiera había reparado en que Eunate –las cien puertas, en euskera– era el lugar del que nos había hablado el hombre del bar en que habíamos desayunado en Pamplona.

Imagino que a todo el mundo hay cosas que les llaman la atención. Tengo conocidos que sin ser personas especialmente belicosas se estremecen ante las hazañas y estrategias de Rommel, Montgomery o Patton y que serían capaces de describir batallas de la II Guerra Mundial como si las hubiesen vivido.

A otros les apasiona el mundo de Star Trek (el propio Miquel Iceta, del que hablaba en el tuit largo anterior, sin ir más lejos) o la Guerra de las Galaxias. Incluso más, ¿quién no conoce a algún «chalado» que se sepa de memoria, o casi, el guion enterito de Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1988).

Lo mío con los templarios (Pauperes Commilitones Christi Templique Salomoninci) ni por asomo alcanza los extremos de fanatismo que podemos encontrar en los ejemplos anteriores. Me cuentan que en un pueblo de Albacete, cientos de personas, una vez al año, se reúnen para recrear y recitar la magnífica película de José Luis Cuerda.

Y nadie me va a ver por la calle vestido con manto blanco y cruz patada (aquella cuyos brazos se estrechan por su centro) como sí podemos encontrar a alguno con el atuendo (a veces la actitud) de Darth Vader. Me interesa el Temple pero no exageremos.

Unos brevísimos apuntes más allá de las leyendas y de las novelas de Walter Scott y de las ocurrencias de Dan Brown (entretenido si se quiere, ¡pero qué daño ha hecho este hombre!).

La Orden de los Pobres Caballeros del Templo de Salomón fue fundada en 1119 y disuelta de muy mala manera en 1314. Era una orden francesa de monjes-soldados, como pudieran ser en España las de Alcántara, Calatrava o Santiago, nacida al rebufo de las primera cruzadas y que tenía como objetivo inicial, justamente defender a los palmeros que, como dije hace unos capítulos, era los peregrinos cristianos que marchaban a Tierra Santa y, concretamente, a Jerusalén.

Su organización excepcional, su disciplina, su magnífico entrenamiento en el combate y, quizá, un carácter algo secreto que les daba la posibilidad de actuar al margen de las jerarquías eclesiásticas y civiles, hizo de ellos lo más brillante de los ejércitos cristianos de la época.

Por otro lado, sus muchas conquistas los hicieron poseedores de una inmensa fortuna, a día de hoy imposible de cuantificar que, a la postre, los arrastró a la ruina y desaparición.

Que los estados se endeuden con entidades privadas no es nuevo, pero en la época de Felipe IV, el Hermoso, rey de Francia y de Navarra, cuando la deuda alcanzaba proporciones astronómicas, en vez de hacer una reforma en la Constitución para asegurar a los acreedores que van a cobrar, se operaba de una manera más expeditiva: se mataba al acreedor. Y básicamente esta es la historia. 

El rey francés, ante la perspectiva de no poder hacer frente a sus deudas contraídas con el Temple, los acusa de pactar con el diablo, manda torturar a unos cuantos que habrían declarado hasta que con sus propias manos se forjaron los clavos que fijaban a Cristo en la cruz y presiona al papa Clemente V para que los declare herejes y disuelva la Orden.

Parece importante aclarar que en 2007 el Vaticano exculpó a los templarios de todas las acusaciones de que habían sido objeto. Un documento perdido durante siglos, el Pergamino de Chinon, permitió documentar aquel irregular proceso en el que tantos inocentes fueron asesinados con una brutalidad difícil de imaginar. Su último Gran Maestre, Jacques de Molay, fue torturado hasta casi la muerte y luego quemado vivo (¿os suena?).

En estos casi dos siglos, la Orden tuvo una presencia importantísima en toda Europa, además de en Oriente Próximo. Mandó levantar cientos de edificaciones y, con su desaparición misterios y leyendas comenzaron a cuajar en el imaginario colectivo de los europeos.

En la península Ibérica y, particularmente en el reino de Aragón, el Temple tuvo una influencia primordial. Ayudaron contra los musulmanes, sí, pero a cambio también recibieron ingentes cantidades de tierras y bienes materiales.

La orden del Temple, digamos, no era secreta pero sí discreta. Sus ritos, liturgias y prácticas internas nos son aún hoy en buena parte desconocidas y esto ha servido para alimentar aún más las paranoias de los amantes de las conspiraciones. (¿He dicho ya que hay que ver el daño que ha hecho Dan Brown?).

Y vayamos al tema que nos ocupa. Otro de los motivos que, concretamente a mí, me lanzaron a echarme por los caminos en compañía de mi abnegado y paciente progenitor es, precisamente, ver los vestigios templarios diseminados y casi nunca bien señalados a lo largo del Camino.

Atardecía y desde detrás de unos sembrados de cereal que ocultaban su vista, brotó ante nuestros ojos como una aparición, aislada en medio del campo, sin viviendas a la vista. Era la misma extraña iglesia que ocupaba el enorme panel frente a la barra del bar El Temple, en la calle Curia de Pamplona.

Esta extraña construcción merece, antes de acercarse a ella, ser contemplada desde la distancia. Su espadaña, sus arquerías, su forma alejada de la imagen de iglesia románica que tenemos en nuestra mente, llaman la atención aún sin aproximarse mucho.

A pesar de la hora tardía, el templo se encontraba abierto y pudimos escuchar algunas explicaciones dadas a un grupo de burgaleses por parte del clásico paisano del pueblo cercano que, poseedor de la llave, recita una y otra vez una larga retahíla de datos y elementos arquitectónicos a cambio de una propina.

La verdad es que estas buenas gentes, como guías artísticos no ganarían concurso alguno. Sus conocimientos se ciñen al edificio que muestran y como uno formule una pregunta que se salga del guion preestablecido es raro que conozcan la respuesta. Pero su servicio, a todas horas, por un módico precio, cualquier día del año, es extraordinario. Los aficionados a las pequeñas ermitas tenemos mucho que agradecer a estos cicerones de ocasión.

Lo que viene a continuación es la suma de mis rudimentarios conocimientos sobre el románico y el Temple, lo que pudimos escuchar al paisano, mis observaciones y, por qué no admitirlo, lo que he tenido ocasión de leer a posteriori para contrastar y completar mis notas.

Para empezar, Santa María de Eunate no tiene planta de cruz latina, como la inmensa mayoría de las iglesias y ermitas románicas. Parece que fue levantada a finales del siglo XII, en 1170, y aunque su estética posee todas las características de los templos de la época al norte del Duero, hay elementos que la hacen especial.

Lo más llamativo, aun sin saber nada de arte, es la arcada exterior, paralela a las paredes de la iglesia y con treinta y tres arcos de medio punto para sustentar la estructura de este atípico claustro. Posiblemente, lo de las «cien puertas», que se dice en euskera, no sea sino una exageración referida a esta suerte de treinta y tres entradas.

–Pero esto, papá… Déjame dar una vuelta.

Mi padre está más que acostumbrado a mis excentricidades pero sospechaba que aquí podía hasta estar exagerando.

–¿Se puede saber qué coño buscas?

–La forma, papá, la forma de la planta. ¡Es octogonal! ¡Lo sabía!

–¿Y eso?

–¡Eso es mi hermana y tampoco baila! –esta gracieta, sacada de un viejo chiste, repetida en cada ocasión propicia, sacaba a mi padre un poco de sus casillas.

–Bueno, que sí, que vale, que eres gilipollas pero, ¿qué tiene que ver eso con la planta octogonal?

–¡Es templaria! ¡Es una iglesia templaria! –exclamé.

–Ah, sí, de eso que tienes tú libros en casa. ¿Las iglesias templarias son de planta octogonal?

–Los templarios eran una gente muy apegada a los símbolos y la iconografía. Lo que en la actualidad se llama Cúpula de la Roca, en Jerusalén, es una mezquita del siglo VII que durante siglos no solo fue iglesia cristiana sino que, además, era el templo principal de la Orden. Se suele conocer como «templo de Salomón» aunque, si no recuerdo mal, el de Salomón lo echaron abajo los romanos en el año 70, cuando la gran diáspora. Todas las iglesias templarias son octogonales. Vamos dentro.

–Pues nada, vamos para allá, si bonita la iglesia es muy bonita. Y original. ¿Cómo era la palabra esa que usáis en casa para los apasionados de algo?

–¡«Friki», papá, «friki»! ¡Y no soy un friki de los templarios! Hay muchos y muy zumbados pero no es mi caso. Es un tema curioso, me interesa, leo, miro… pero no ando tragándome conspiraciones extrañas para descubrir misterios templarios.
Además, ¿sabes qué? Los tarraconenses tenemos una estrechísima relación con el Priorato pero no con el de Sion ni con el de Jerusalén sino con el de Falset, que es el bueno de verdad.


–Calla, calla, que los payeses estos están poniendo el vino a un precio que parece sangre de unicornio. Hala, vamos para dentro antes de que este señor tan amable nos mande a hacer puñetas.


Si el exterior es llamativo, el interior es sobrecogedor. Además, el atardecer daba un aire especialmente lúgubre a aquel pasillo central frente al altar que hace las veces de nave. Recordemos la especial disposición de los templos que hace que si bien por la mañana estén totalmente iluminados, al atardecer no les resten más que vestigios de luz indirecta.

Incluso con ese hándicap, pudimos admirar la cantidad de capiteles adornados con los más diversos motivos.

Los capiteles románicos, todos diferentes, en esta iglesia y en todas, fueron llamados «literatura en piedra» ya que, al parecer, estaban destinados a que mediante su visión, el fiel de la Edad Media, analfabeto por lo común, pudiera contemplar escenas de la historia sagrada, milagros, vida de los santos, escenas de virtud… Eran los libros de la época, destinados a quienes no sabían leer ni habían cogido un libro de verdad en su vida. Algo harto común en aquellos complicados tiempos.

Aunque no es el caso de Eunate, me he preguntado muchas veces y muchas veces he preguntado sin obtener respuesta definitiva, qué se pretendía enseñar con esos capiteles no demasiado infrecuentes que describen sin dejar lugar a la imaginación escenas de sexo en grupo, sesentaynueves entre hombres y mujeres o entre dos hombres, personas fornicando con animales etc.

–Perdone, ¿y esto?

El grupo de turistas burgaleses ya había salido y aquel paciente guía de la iglesia se había quedado unos minutos con nosotros aunque nos había pedido que fuéramos breves, que tenía que cerrar. Ante mi pregunta, puso esa cara de «chaval, que eres el vigésimo que me pregunta hoy».

–Nada importante, marcas de cantero, no sé si sabe de qué le hablo.

–Sí, sí, gracias, sé lo que son las marcas de cantero, pero estas son muy raras, ¿no?

–Pues no sé si son raras o no pero llevan ahí nueve siglos.

Como es sabido, en la Edad Media, los trabajadores de los templos no tenían la consideración de «artistas» de que empezaron a gozar con el comienzo de la Edad Moderna. Si no me equivoco, el primer alarife del que tenemos noticia en el mundo románico es el Maestro Mateo, casi contemporáneo al erigidor de esta maravilla de Eunate, pero Mateo fue responsable, nada más y nada menos, que de la catedral de Santiago. Sus colegas contemporáneos no alcanzaron la celebridad de siquiera pasar con sus nombres a la historia.

Esta obligación de pasar desapercibidos –con frecuencia solo se recuerda al noble u obispo que mandó levantar las iglesias– hacía que las propias piedras que conformaban los recios muros fuesen marcadas con unos trazos de cincel para la posteridad a modo de firma. También servían estas señales para algo tan obvio como saber dónde iba cada piedra.

Por otro lado, las marcas de cantero han sido pasto de elucubraciones a propósito de la otra gran orden secreta: la masonería. Recordemos que maçon (léase masón)  significa «albañil» en francés y que es cierto que las logias masónicas tuvieron su origen en los gremios constructores  de catedrales en la Baja Edad Media y en la Edad Moderna y que, aún hoy, sus símbolos son el compás y la escuadra, útiles de trabajo del gremio. Pero de ahí a buscar mensajes arcanos en las marcas de cantero hay un buen trecho. Y a pesar de ello, hay ciertamente profundidad en el significado de algunas de ellas.

Sea como fuere, yo había visto marcas de cantero en otras partes y estas me parecían muy raras.

Dibujé algunas torpemente en mi cuaderno y, ya en casa, me puse a cotejarlas con la información que fui capaz de encontrar y, efectivamente: eran señales que solo se encuentran en construcciones de la Orden del Temple.

Mucho he leído a posteriori sobre aquella fascinante iglesia. Parece que en su momento formó parte de un complejo mayor del que solo se conserva lo que podemos ver. Parece que fue hospital y albergue de peregrinos. En sus alrededores se han encontrado tumbas medievales que dejan fuera de toda duda su carácter, además, de lugar especialmente santo en que distintos personajes deseaban reposar para la eternidad, quizá para así sentirse más cerca de dios.

El origen templario de Eunate es controvertido por parte de los estudiosos. Sea como fuere, albergo la íntima convicción de que los caballeros de la Orden del Temple estuvieron allí. Y nosotros también. Quizá el azar nos hizo entrar en aquel estrecho y oscuro bar de Pamplona. Quizá algo nos predestinó a ello.



domingo, 22 de febrero de 2015

El Elefante



En esta extraña mezcolanza de recuerdos del peregrinaje y reflexiones político-ideológicas, llevaba yo ya tiempo amenazando con hablar sobre algo por lo que se pasó casi de puntillas en el proceso de primarias para la secretaría general del PSOE: qué significa hoy ser socialista, qué es el socialismo, cuáles son nuestras señas de identidad, a qué modelos de sociedad aspiramos.

Casi siempre, para entender dónde queremos ir, es importante saber dónde estamos y para ello es imprescindible saber de dónde venimos. Y como el papel lo aguanta todo, me vas a disculpar si en mi habitual gusto por la provocación, digo algo que a la mayoría le sonará herético.

El Partido Socialista Obrero Español cuyo actual secretario general es Pedro Sánchez Castejón no fue fundado por Pablo Iglesias en 1879. Fue fundado por Felipe González en Suresnes en 1974. Del PSC, nacido tal y como lo conocemos, en 1978, se puede hacer una parecida reflexión.

Las siglas son las mismas y es obvio que hay una continuidad «administrativa» pero me temo que Pablo Iglesias –el impresor, no el de la coleta– nos mandaría a… bueno, sin groserías, que quiero decir que no se reconocería en un partido que ya en 1979 culmina su refundación aceptando la economía de mercado, renunciando al marxismo y que promueve, para colmo, la privatización de sectores estratégicos como la energía y las telecomunicaciones.

Dejando de lado ejercicios de funambulismo léxico, y para ser como me gusta a mí, claro y diáfano, somos menos de izquierdas que el ferrolano que, asimismo, fundó la UGT, Don Pablo Iglesias Possé.

Se me dirá que no somos «menos» izquierdosos sino «distintos». Bueno, vale y, como decía aquel anuncio, «aceptamos pulpo como animal de compañía».

Sí es cierto que somos distintos. Los propios conceptos de izquierda y derecha son distintos en la actualidad. Además, como ya expliqué antes, la propia derecha, en España, es muy rara. Quizá podríamos decir que son de derechas CiU, el PNV y, afinando un poco, Ciutadans, y ya mucho, UPN. El caso de UPyD es a todas luces más inclasificable. El permanente escoramiento errático del PP que se bambolea entre el centralismo jacobino, el clericalismo más recalcitrante, el autoritarismo franquista –todo lo contrario al liberalismo que, por otra parte, dicen propugnar– y la defensa, por encima de todo, de los intereses de clase de los suyos, una vez que reivindican que la lucha de clases ha terminado, condiciona la acción política de todos los demás. El PP, sea dicho sin acritud, no es un partido, es una paradoja (o una parajoda, que diría mi querida hermana Marisa) que parece confundir a todos los demás.

Pero la culpa no es de ellos, es nuestra. Es a los socialistas a quienes nos falta claridad en el discurso. Lo menos que se puede esperar de un partido político es que sea previsible, que defienda lo mismo cuando está en el gobierno que cuando en la oposición, que se sepa, al menos a grandes rasgos, cuál puede ser su respuesta ante determinados problemas.

No tratarán estas líneas de convertirse en un sesudo trabajo de análisis ideológico sobre lo que es y debería ser la sociademocracia en los países mediterráneos en los albores del siglo XXI, pero sí me parece absolutamente reivindicable un discurso dotado de coherencia que permita a la ciudanía saber, cuando nos vota, qué es exactamente lo que está apoyando. No me sirve aquello de: “somos de raíz republicana y apoyamos la monarquía”. Somos laicistas, y no apoyamos que la Iglesia pague su IBI en nuestros ayuntamientos. No lo entiende nadie.

Los programas electorales, con frecuencia, se redactan con una calculada ambigüedad que posibilita hacer una cosa o la contraria en función de cómo vengan dadas, y eso es poco honesto. No es hacer trampas de manera explícita pero muy limpio tampoco parece.

El caso es que, más allá de las lógicas coincidencias entre partidos que aceptan, con mayor o menor intensidad, el libre mercado, aquella bobada de «PSOE, PP, la misma mierda es», como consigna quinceañera puede tener un pase, pero nadie que se tome la molestia de leer el periódico todos los días puede, ni por asomo, defender semejante ocurrencia. Podemos aceptar incluso que, a veces amparados por una supuesta razón (otras veces perfectamente real y deseable; nada de supuesta) de responsabilidad de Estado, haya habido gestos de acercamiento innecesarios, pero es profundamente injusta esa equiparación.

Por otro lado, no es infrecuente que, en otras ocasiones, pongamos todo el empeño en marcar las diferencias. Al fin y al cabo, a nadie se le escapa que la ciudadanía del Estado –también de Cataluña–, se siente más cerca de la izquierda que de la derecha. Jamás la derecha –sea esto lo que sea– ni las políticas de derecha han gozado del fervor de la mayoría de la calle. Y cuando han tenido, como en la actualidad, la mayoría en las urnas no es porque hayan sido capaces de aglutinar en torno a sus propuestas a la mayor parte del cuerpo social y electoral sino, simplemente, porque el resto se ha desmovilizado.

Felipe González gozó de más apoyo social y electoral del que ha tenido político alguno, posiblemente, en toda la historia de España. Esto le permitió acometer un ambiciosísimo programa de reformas que convirtió a España en el país europeo y más o menos «moderno» que conocemos en la actualidad.

Por otro lado, no lo olvidemos, fue quien inició el enorme proceso de privatización en sectores energéticos, de comunicaciones, de industria pesada etc. El aparato económico del franquismo, en torno, sobre todo, al Instituto Nacional de Industria, mantenía unos niveles de intervención en la economía que hacían posible –mis padres me lo cuentan– que el precio del pan se publicara en el Boletín Oficial del Estado. Y había que desmontar aquello.

¿Qué se hizo mal? La pedagogía. Faltó pedagogía. ¿Es de izquierdas desmantelar el enorme aparato económico del Estado? ¡Pues puede serlo! Pero a nuestros mayores les faltó picardía o les sobró soberbia y nunca se explicó con el lenguaje que todo ciudadano entiende que modernizar las estructuras e infraestructuras de un país para acercarlo a las normas de funcionamiento que es ese paradigma del estado de bienestar que es Europa es, quizá, lo más izquierdoso que se puede llevar a cabo en un momento determinado.

Empezamos con Felipe González y así llegamos a aquella reforma constitucional, del famoso artículo 135 CE, pactada de tapadillo entre Rajoy y Pérez Rubalcaba, con Rodríguez Zapatero de presidente, y que tenía como finalidad «prometerle» a los mercados que, de acuerdo con nuestra carta magna, lo primero es pagar las deudas aunque sea a costa de la ciudadanía.

Se han hecho muchas cosas mal y ahora andamos buscando nuestro espacio político e intentando arreglar los fiascos electorales con un cambio de caras. Entiendo que no es esta la vía.

Y mirad que, por otro lado, estos rancios del PP nos lo ponen fácil. Su extraño sentido de la lealtad hacia los suyos (sean estos quienes sean) lo  empuja  a situarse en fuera de juego, con respecto a la sociedad, en buen número de ocasiones.

En Cataluña es palmario y a veces parecen estarse entreteniendo en «a ver quién la echa más gorda», pero a nivel más global no dejan de sorprender cuando se meten en charcos en los que, objetivamente, existe un altísimo nivel de consenso en la calle. Pienso sobre todo en asuntos de índole social como el tratamiento diferenciado a ciudadanos en función de su opción afectivo-sexual, el recurrente y actual tema del aborto, la religión en las escuelas…

De verdad, más allá de cuatro integristas, ruidosos, eso sí, pero cuatro, ¿a alguien le cabe en la cabeza que se deba mantener la situación privilegiada del catolicismo en la enseñanza pública? ¿Cómo es esto de que unos niños deban salir del aula en un momento determinado porque los padres y madres de otros, con frecuencia en franca minoría, hayan decidido que en la escuela se da catequesis? No he conocido a nadie capaz de defender el actual estatus pero también es verdad que los gobiernos socialistas no han sido capaces de desmontar la situación de una vez por todas.

No, ni somos iguales ni nos parecemos, pero es imprescindible articular un discurso de propuestas que vaya más allá del, qué duda cabe, importantísimo talante. No se puede mantener, por mucho que el PP nos lo ponga fácil, que ellos son unos rancios y nosotros somos guays, progres, modernos, ecologistas, más feministas que nadie y no vamos a misa los domingos.

Y ahora encima, va y aparece “Podemos”… ¿Me permitís que vuelva a decir clarito lo que pienso?... ¡Para ocupar un espacio político que nosotros hemos desatendido!. Para empujar una generación de jóvenes por el interés político como nosotros no hemos conseguido en la democracia, por el momento.

No digo que tengamos que ser Podemos, pero tampoco hemos de permitir que ellos sean nosotros.

Lo que digo es que el ideario de lo que defienden forma parte de los principios socialistas, y como mínimo, esa sensibilidad debía haber tenido representación política adecuada en los órganos, y sobretodo, entre los cargos públicos, por tal de ser representada, y poder desarrollarse.

Yo mismo diría que me afilié a la JSC por muchos de los principios que ellos dicen defender.

Ahora, toca sencillez, y empezar a mentalizarse para aceptar ser un partido, muy grande en cuanto a su historia, pero mediano o pequeño en su tamaño representativo-social. Para empezar a construir de nuevo, con esfuerzo y tesón, la representación social que las ideas socialistas merecen. Desde la radicalidad democrática y participativa, y desde la más absoluta humildad. Sabiéndonos herederos lejanos de la enorme dignidad de aquél Pablo Iglesias que un día decidió comenzar la andadura del socialismo en España, no podemos aceptar sin luchar no ser esenciales en las decisiones de este país.

Merece la pena.

***

Ya he citado en otras ocasiones a George Lakoff. Sí, el de No pienses en un elefante (Editorial Complutense, 2007). Este hombre tiene varios ensayos escritos pero creo que este que cito es un buen resumen de toda su obra.

Lakoff (¡Berkeley!, 1941) es profesor de lingüística en la Universidad de California y es uno de los mayores expertos mundiales en algo muy necesario pero que, a priori, nos puede sonar rarísimo: lingüística cognitiva.

Desde hace años, este profesor es asesor del Partido Demócrata de Estados Unidos y hasta donde sé, el PSOE lo contrató para la campaña electoral que catapultó a Rodríguez Zapatero a la Moncloa.


Alguien me contó también que por razones poco claras, el equipo dirigente de Ferraz decidió desoír los consejos de este sabio y prescindir de sus servicios. Pero volvamos al camino, luego hablamos más del elefante.

lunes, 12 de enero de 2015

A Puente la Reina


Más palabras nuevas: 

Tardamos tanto en salir de Pamplona que parecía que aquella, nuestra cuarta etapa, se nos iba a hacer eterna.

Vamos avanzando y al pasar por Cizur aprendo otra palabra nueva. Hay provincias en las que por historia y tradición, las localidades son ayuntamientos, a veces muy pequeños, de esos que dice la Constitución que se rigen por sistema de «concejo abierto».

La tantas veces anunciada reforma de Rajoy que amenaza con maltratar aún más a las entidades locales pretendía, en buena medida, disminuir de manera considerable el número de ayuntamientos españoles.

Por el contrario, en otras provincias es común lo contrario: una localidad o lo que es lo mismo, una concentración mayor o menor de viviendas con entidad propia y límites más o menos fijados se constituye en pedanía o junta vecinal y la unión de varias pedanías o juntas constituye un ayuntamiento o, como lo llaman en Asturias, Concellu. Me cuentan incluso que en el norte son frecuentes los nombres de términos municipales cuyo nombre no coincide con el de ninguna de las localidades que lo constituyen, con lo que se da la paradoja de que Pedreña (Cantabria) se encuentre en el ayuntamiento de Marina de Cudeyo pero no haya ningún lugar físico que responda a este nombre.

En la poliédrica Navarra la organización territorial –no podía ser de otra forma– varía de unas zonas a otras y en la Cuenca de Pamplona es frecuente la existencia de cendeas.

«Cendea» es la denominación tradicional que se da por aquellas tierras a los municipios que agrupan a varias localidades, en otras palabras, lo mismo a lo que me refería antes con el asturiano concellu. Eso sí, aquí tienen que llamarlo así de raro y, para colmo, por lo que pudimos saber, ni siquiera es una denominación común a toda Navarra sino que es de uso casi exclusivo en la comarca de Pamplona.

Pues bien, todo esto venía a cuento de que lo que nos encontramos casi a la salida de Pamplona es la céndea de Cizur que, todo hay que decirlo, también ha sido pasto de la burbuja inmobiliaria y mucho me temo que su cercanía con la capital ha sido causa de la condena a padecer buen número de urbanizaciones de adosados sencillamente espantosas.

Aparte del horror urbanístico que azota buena parte de la población, me llama la atención que su iglesia parroquial se llama de San Emeterio y San Celedonio. La iglesia tiene poco de llamativo pero su nombre me hizo recordar algo que me contó en una ocasión un amigo de Santander. Bueno, no estoy seguro de quién me lo contó, quizá el propio Pep Félix que, como es conocido, veraneaba en su infancia en Cantabria.

El caso es que los referidos santos son patrones de Santander y su importancia es tal que el propio topónimo Santander proviene, etimológicamente, de Santi Emeterii. Y sí, ya sé que esto de las cosas santas es muy raro pero, ¿por qué dedican aquí, a tantos kilómetros de distancia, una iglesia parroquial a los patronos de la capital de Cantabria?

***

Parece que la siguiente población, Zariquiegui, no era tan interesante para la avidez de los promotores urbanísticos porque el desastre constructivo no ha alcanzado los niveles de la cendea que acabamos de abandonar.

En la mayor parte del norte de España es bastante común algo que a los mediterráneos nos llama la atención: la cantidad de viviendas que se conservan en piedra de sillería, comúnmente caliza, en perfecto estado exterior y adornadas con blasones con los que, imagino, sus propietarios desean hacer valer los méritos legendarios de sus ancestros.

En Zarquiegui, más allá de que empezamos a disfrutar de uno de los motivos que nos lanzó al Camino –ver románico–, se mantiene en pie un buen puñado de casas blasonadas. Siempre es un placer pasear por calles cuyas edificaciones nos trasladan por unos instantes a la Edad Media.

La propia entrada al pueblo se encuentra adornada por una iglesia de grandes dimensiones –lamento no haber anotado el nombre– que, como tantas, seguramente ha sufrido los embates de la moda a lo largo de los siglos pero que conserva indudables vestigios románicos.

Lo que fue, sin duda alguna, el acontecimiento de la jornada y uno de los grandes hitos del Camino nos hará reflexionar sobre algunas cuestiones de arquitectura religiosa pero me apetece hablar un poco sobre el románico.

Un retazo del románico al gótico

Una de las novelas más leídas y, a la vez, denostadas de la literatura de las últimas décadas es Los pilares de la tierra. Sí, ya sé que Ken Follet es una referencia poco intelectual. Para muchas personas, el mero hecho de que de una novela se vendan millones de ejemplares constituye por sí mismo un claro ejemplo de que hay que mirarla por encima del hombro.

Con todos los respetos, me parece una auténtica estupidez.

No voy a entrar en la trama de amores, desamores, odios fratricidas e intrigas palaciegas que se describen en la novela pero sí creo de justicia explicar, incluso a quienes no la hayan leído, el hilo conductor de la misma: la transición del románico al gótico.

Es muy difícil caminar sobre la vía románica europea por antonomasia y que no se venga a la cabeza ese cambio de mentalidad, de ideología, de estructuras sociales y económicas, de urbanismo, de visión sobre dios, que fue el paso del románico al gótico, de la Alta a la Baja Edad Media.

Las sólidas, misteriosas, oscuras y frías iglesias románicas, con sus bóvedas de cañón, sus plantas de cruz latina, su aparente austeridad que desaparece como por ensalmo cuando nos detenemos a ver canecillos y columnas, con sus ábsides y pequeños deambulatorios, corresponden a una sociedad eminentemente rural, a unas relaciones económicas en las que el trueque aún era común, a unas relaciones de vasallaje feudal que serían difíciles de imaginar si no fuera por el cine y la literatura. Pero, sobre todo, el románico es el arte dedicado a la glorificación de un dios muy particular. La oscuridad de los templos sirve para recordar que dios está ahí, que nos mira, que nos juzga y nos castiga.

Tema distinto es que, con el paso de los siglos y despojados en nuestro interior de esta imagen de dios misteriosos, lejano y punitivo, podamos encontrar en las iglesias románicas, en su sencillez y silencio, un encanto y una paz que otras manifestaciones arquitectónicas no alcanzan.

¡Pero qué narices! Los catalanes sabemos mucho de románico, ¿o no? Aunque es cierto que «nuestro» románico, en su pureza tiene su singularidad y, por lo general, el arte altomedieval catalán no es tan hermético como el que se encuentra en minúsculas ermitas o grandes iglesias del camino de Santiago, al norte del Duero.

Ken Follet narra, creo que con bastante rigor, la enorme transformación social que supuso el final de esta ideología románica. Nos habla de la migración de los pequeños pueblos a las grandes ciudades que empiezan a levantarse, de unas minúsculas partículas, atisbos, de libertad personal que asoman como sin querer aquí y allá. Describe, no hay que olvidarlo, la aparición de lo que con el tiempo se convertiría en el capitalismo –una de las protagonistas se «inventa» un mercado de opciones y futuros en el que la commodity son vellones. Y en ese contexto convulso de trasformaciones sociales, los principales personajes son, como no podía ser de otra manera, constructores de catedrales, de grandes iglesias góticas, de centros de oración en entornos «urbanos», destinados a acoger a grandes grupos de población y en los que el creyente deja de bajar la cabeza, como en el románico, para alzarla hacia un dios padre, protector, luminoso, con el que la relación comienza a ser más humana.

Aparecen los arcos ojivales, las complejísimas bóvedas de crucería, los enormes ventanales por los que entra la luz: una sociedad nueva para un mundo nuevo. Y como tantas cosas modernas, el románico, a la mayor parte de los territorios, llegó desde Francia.

De pequeño me explicaron que las iglesias católicas se orientaban al este, quizá para que apunten hacia Jerusalén o, simplemente, para que el sol de la mañana ilumine el altar. Tomé conciencia plena de este hecho cuando, en la novela, uno de los personajes que está ubicando lo que será una enorme y novedosa catedral, toma al amanecer un palo y una cuerda, pincha el palo en la dirección por la que está saliendo el astro y, en línea recta y con la cuerda, fija el eje de lo que será la nave principal del templo.

Perdonad que entre en todos estos detalles pero es que desde entonces no puedo dejar de comprobar, cada vez que veo una iglesia medieval, si está «bien orientada».

Pero nuestro camino, el Camino, es anterior a todas estas moderneces del gótico y las vidrieras. Es cierto que nos toparemos con fantásticos edificios religiosos adornados con grandes cristales, impresionantes arbotantes –qué recurso constructivo tan ingenioso– e imponentes torres, pero la inmensa mayoría serán recoletos y robustos templos en los pueblos o, muchas veces, a las afueras de estos.

Luego seguimos hablando de románico que…

***

Leyendas

Antes de entrar en el ya anunciado acontecimiento de la jornada, quisiera hacer referencia a otro aspecto que me llama mucho la atención del Camino.

El hecho religioso, claro está, se encuentra ligado, por definición, a lo sobrenatural. Nada hay más sobrenatural que creer es un ser al que nadie ha visto, cuya existencia no puede demostrarse ni dejarse de demostrar pero que, de alguna forma inasible para el entendimiento humano, está ahí, para bien y para mal.

El Camino es algo sobrenatural en sí mismo. Ya dije antes que aunque pudiera parecer que es el medio para alcanzar el fin, que sería la tumba del apóstol, en realidad, es, si me permitís el símil, como el sexo, que puede acabar en un orgasmo pero, en realidad, si es bueno, es un fin en sí mismo y la presunta más que pretendida meta es lo de menos.

Esta centralidad de la marcha, unida a esa ideología medieval de la que hablaba antes, oscura, silenciosa y muy impregnada del temor a dios propicia que el camino esté lleno de lugares asociados a alguna leyenda. No las conozco todas, seguro que ni siquiera la mayoría, pero solo con las que nos han narrado tendríamos para escribir un grueso volumen que no sé si alguien ha abordado ya.

En aquella ocasión, este curioso pueblo de casas blasonadas y portadas románicas fue motivo para que una pareja de experimentados peregrinos alaveses –habían hecho ya varias veces esta ruta y ganado el cielo en distintas ocasiones– nos narraran el origen de una fuente que se cruzó en nuestro camino y en la que nos detuvimos a llenar las cantimploras.

Parece que en algún momento indeterminado, marchaba camino de Compostela un ya anciano peregrino, escaso de salud pero más escaso aún de viandas y cuya cantimplora –una calabaza hueca que asimismo se ha terminado convirtiendo en símbolo del peregrinaje– hacía tiempo que era proclive al eco cuando se abría. Vamos, que el pobre hombre estaba hecho polvo, sin agua, sin comida y más muerto que vivo.
El peregrino, viendo acercarse sus postreras horas, se dejó caer en aquel punto más a encomendar a dios su alma con sus últimos alientos que a descansar.

El diablo, siempre cercano, como las aves carroñeras, a los seres más débiles, transmutado en una bella muchacha, abordó aquellos despojos humanos y prometió dar alivio y agua a sus muchas aflicciones a cambio, eso sí, de que el anciano renegara de dios, de la virgen y del mismísimo apóstol.

Cuentan también que el pío caminante tuvo unos momentos de indecisión pero, finalmente, se vino arriba y decidió que si dios lo llamaba a su presencia en ese momento, no era él quién de andar haciendo trampas y pactando con extrañas muchachuelas dispuestas a mancillar su virtud y apropiarse de su alma a cambio de prestarle un breve plazo su exangüe cuerpo mortal. En resumen, que el peregrino comenzó a orar y la muchacha, visiblemente enfadada, se fue por donde había venido.

En aquel lugar, instantes después, un ángel golpeó el suelo y, ante la atónita mirada del moribundo que, quizá, pensó que el altísimo yo lo había llevado con él, hizo brotar una fuente que sirvió para saciar la infinita sed de nuestro protagonista: la fuente de la Reniega.

***

Monte del Perdón (el de la foto, con su Monumento al Peregrino) y nos perdemos

La jornada es larga, nos hemos entretenido mucho y sospecho que podemos acabar como en Roncesvalles.

Pasado el manantial de la leyenda, empezamos a subir al monte del Perdón, empinadísima y larga pendiente que termina con nuestro aliento y las reservas de agua que habíamos acumulado en la fuente de la Reniega.

–Desde luego, a veces el sentido del humor (negro) del que hacen gala los seres del más allá es digno de una historia de Gila –solté al final de la cuesta.

Hasta la cumbre del Perdón, nuestros escasos alientos impedían la charla. Como mucho, un apocado saludo a otros caminantes que iban peor que nosotros: «en el monte, trata con cariño a quienes adelantes en la subida, porque los volverás a ver en la bajada». Sabias e inteligentes palabras estas que valen para el Camino, para la vida en general y con frecuencia hay que aplicar a la política.

–No te digo yo que no pero, ¿a qué viene eso ahora? –preguntó mi padre.

–Hombre, ya me contarás. Hay que ser puñetero para… Bueno, acuérdate del tipo de la leyenda de la fuente que nos contaron abajo. El tío medio muerto, prefiere morir a renegar de lo sagrado, como premio le ponen una fuente para que beba y luego, al pobre, le hacen subir un pedazo de cuesta como esta. No me digas que el ángel no se podía haber estirado un poco y subir al hombre, al menos, hasta aquí.

–Ya, visto así… –respondió, lacónico, mi padre con cara de pensar en silencio «este hijo mío es medio memo».

Seguimos caminando con la esperanza de que ya no encontraremos grandes pendientes casi hasta pasar León. Y nos quedan muchísimos kilómetros para que eso ocurra. No tenemos un lugar preestablecido en el que finalizar nuestra marcha pero, como ya he indicado, tardaremos años en completar el Camino.

Más adelante, aparte de un curiosísimo monumento al peregrino, llama la atención el auge que tienen las «plantaciones» de aerogeneradores en toda Navarra.

Charlando de ello con otros compañeros nos cuentan que Gamesa Eólica tiene una importantísima implantación en la región y que, ojo al dato, cuentan con más de un quince por ciento de cuota de mercado ¡mundial! en el sector. Y luego en Tarragona presumimos de nuestro polo químico.

No sé si me parece más sorprendente el dato o el hecho de que sea desconocido por la mayoría de las personas, incluido Carlos, mi padre que, como ya expliqué hace unas páginas, trabajó en el sector energético muchísimos años.

Puente la Reina parece que va estando cada vez más cerca y, aunque arribemos algo tarde, si nada se interpone en nuestra marcha, parece el lugar idóneo para cenar y pernoctar.

Pero    no fue así. Entramos en el término municipal de Muruzábal y…

–Papá, ¿ves ese cartel?

–Sí, ¿qué tiene de particular? Por ahí se sale del camino.

–Ya, ya sé que se sale, pero nos vamos a salir. Tampoco tenemos prisa y si no llegamos al albergue de Puente la Reina, otro sitio encontraremos para dormir, ¿no?

–Por supuesto, pero no sé qué es lo que te llama la atención, no sé dónde quieres ir, no sé qué tiene de extraño ese cartel y, lo que más me preocupa, ¡te dije esta mañana que te pusieras un gorro, que el sol te iba a hacer daño en la cabeza!

Aunque no había dado aún más explicaciones, mi padre había detectado en mis palabras una curiosidad y un entusiasmo que no alcanzaba a comprender.

Pero yo lo tenía claro, teníamos que desviarnos.

[to be continued...]



domingo, 7 de diciembre de 2014

Socialismos y Socialistas


¡Perdimos! Sí, como lo oís. ¡Perdimos!

¿De verdad perdimos? Pues quizá no. O no del todo.

Hace un par de capítulos me refería al revulsivo, populismos y trampas aparte, que ha supuesto la irrupción de una fuerza política no tradicional en el mapa político español. He hablado varias veces de lo interesante de sus consecuencias, para mí positivas en general, pues simplemente con despertar a una parte de la juventud que huía de la Política, como han hecho, ya se han justificado.

Lejos está siempre de mi ánimo hacer de la necesidad virtud, pero pienso sinceramente que este toque, aviso, tirón de orejas, llamada de atención, si sabemos atenderla, nos puede hacer más bien que mal.

Sí, ya, que si me he dado un golpe en la cabeza. ¿Cómo nos puede venir bien una bajada de votos y que, para colmo, muchos de ellos sepamos con certeza que han ido a parar a opciones electorales que pueden ser «tramposas»?

Fíjese el avispado lector o la sagaz lectora (o al revés) que en ningún momento hago referencia explícita a unas siglas. En Catalunya el mapa electoral responde a hechos diferenciales y donde en otros sitios puede atisbarse un peinado recogido en cola de caballo, aquí podría ser, digamos, una monja. Pero es que da igual, no es un problema de nombres ni siglas sino de formas de hacer la política. Y cuando se hacen trampas, estas son muy parecidas lleve en la cabeza lo que lleve el innoble tahúr.

Por de pronto, aquellas elecciones europeas se llevaron por delante al secretario general de los socialistas españoles. ¡Y al rey! Pero ya hablaremos de monarcas.

Aunque partidos distintos, el PSC y el PSOE están vinculados desde siempre por fortísimos lazos de hermandad que propician que, incluso desde las profundas diferencias que en ocasiones se han puesto de manifiesto entre nosotros, los catalanes sintamos que el PSOE es nuestro partido fuera de nuestras cuatro provincias de la misma manera que el PSC, sentimental y casi legalmente, es una especie de federación catalana del PSOE, para que se me entienda, superada por la historia, eso sí. No en vano, para quien no lo sepa, se hizo en su momento un congreso de unión de varios grupos de socialistas (sí, ya se hizo esa unidad hace muchos años, por eso se llama el “Partit dels i de les Socialistes de Catalunya”), entre ellos, la Federación Catalana del PSOE, pero también, el PSC-Reagrupament i el PSC -Congrés…

El cántabro Alfredo Pérez Rubalcaba, continúo, también era secretario general de este catalán como lo era el leonés José Luis Rodríguez Zapatero, cuya herencia, por cierto, los socialistas no hemos podido, sabido o querido reivindicar. Y hay motivos más que sobrados para la reivindicación. La derecha nunca es tan acomplejada. Y así les suele ir bien. Zapatero ha sido el Presidente más progresista que se ha sentado nunca en Moncloa. Así de claro lo pienso. Con todos sus errores, que los tuvo. El más grande, no ver venir la tremenda crisis que se nos avecinaba.

Los partidos «tradicionales» (en realidad odio este concepto, y aunque intento reirme de él, comprendo que parte de la ciudadanía lo entienda así) hemos alcanzado en algunos aspectos unos niveles de inmovilismo cercanos al anquilosamiento. Asumámoslo con humildad. Solo así lo podremos cambiar.

La democracia, como el amor de pareja y como tantas otras buenas cosas de la vida, es un bien precioso que hay que alimentar, cuidar y hacer crecer cada día, de lo contrario, muere. La democracia debe ser dinámica. Si es estática hay algo que falla. Ahí creo que está la clave. La democracia es Democracia cuando está permanentemente adaptándose, y buscando nuevas, mejores y más directas formas de participación.

Desde 1978 y, sobre todo, desde 1982, el «sistema» ha funcionado razonablemente bien sustentado por un complejo equilibrio de poderes al que la economía, la judicatura o los propios medios de comunicación no han sido ajenos.

Ese estatus de «así nos apañamos» nos ha ido alejando de manera paulatina de quien realmente nos da «de comer» pero que, más allá de eso, es responsable de nuestra existencia: la ciudadanía.

Nos debemos a la ciudadanía, la ciudadanía nos da carta de naturaleza, dota de sentido a nuestro trabajo y, en ocasiones, con la cruda sinceridad que me permite un texto algo más largo que un tweet, nos hemos comportado como auténticos déspotas ilustrados: «todo para el pueblo pero sin el pueblo». Quizá exagero pero es cierto que buena parte de aquellos para los que trabajamos perciben dos existencias separadas y que a veces ni se miran a los ojos, «ellos» y «nosotros».

En este contexto, tan propicio a los fascismos, como bien señala cualquier libro de historia, aparecen las opciones populistas, cuyo principal as en la manga es tan torticero como presentarse ante el electorado con el mensaje «nosotros también somos vosotros y vamos a por ellos».

El relativo éxito en los últimos comicios de estas novedosas formaciones políticas –partidos sería la palabra adecuada, se organicen en asambleas, agrupaciones, círculos o dodecágonos– nos obliga a ponernos las pilas, a repensar nuestra relación con el resto de la población, a hacer serias autocríticas y a modificar nuestras pautas de conducta.

Es en este contexto en el que aparece un personaje conocido de antiguo y que pertenece a la siempre honesta estirpe de los socialistas vascos: Eduardo Madina.

Se le ofrece, quizá de tapadillo, la posibilidad de «heredar» el cetro de Pérez Rubalcaba y… ¡se niega!

Bueno, no se niega, plantea que solo será secretario general en el caso de que la Ejecutiva Federal convoque unas elecciones primarias abiertas a toda la militancia y salga elegido.

Los días siguientes al anuncio de la dimisión de Alfredo –en realidad es secretario general de hecho y de derecho hasta el congreso del partido, celebrado a finales de julio–, son un sindiós de «barones» (¡qué palabra más fea!) empeñados en nombrar entre todos y por aclamación a la compañera andaluza Susana Díaz.

Me voy a permitir una maldad. Quizá, solo quizá, algunos de esos «barones» que tan rápidamente hablaron en nombre de sus federaciones (¿las consultaron?) para apoyar a la, por otra parte, magnífica candidata Susana, para el vértice orgánico del PSOE, pasando por encima de la voluntad de la militancia, lo que pretendían era salvar «sus respectivos culos» porque parece más que lógico que si al secretario general de los socialistas españoles se le elige, aun haciendo trampas a los estatutos, de manera directa entre los afiliados, a los máximos responsables de las distintas federaciones se les debe elegir mediante la misma mecánica. ¿Y tienen todos los aparatos regionales la certeza de, si además de cargos orgánicos y públicos, vota el conjunto de la honrada militancia socialista, ellos saldrían elegidos?

Me temo que no. Sospecho que hay mucha federación en la que el inmovilismo del que hablaba antes ha situado a los máximos responsables políticos de algunas federaciones no solo lejos de la ciudadanía, sino de sus propias bases.

El empecinamiento de Eduardo en exigir, en contra del sentir mayoritario expresado en la prensa, que hay que abrir el partido a los y las militantes ha hecho posible que el PSOE sea hoy una organización más sana y democrática. Ya solo este mérito lo hace merecedor de apoyo y de mucho más, aunque también sea cierto que por los errores cercanos deba demostrar un claro cambio de actitud, con hechos, además de con palabras.

Pero no se puede tener todo. Cuando un proceso orgánico es defendido públicamente por una sola persona y en contra de las direcciones asentadas de las diferentes comunidades autónomas, no es nada fácil aguantar el tirón.

Quizá una equivocada estrategia de marketing, quizá la falta de medios, puede que la falta de apoyo por parte de direcciones y medios de comunicación, quizá no era el momento.

El PSOE y, por qué no decirlo, el PSC está necesitado de contenidos más frescos, menos anquilosados, más conectados con nuestras bases que son, no lo olvidemos, socialistas y de izquierdas. Las caras son importantes, pero lo que dicen las bocas lo es más.

Me gustaba mucho el fondo de Tapias, pero creo que Eduardo Madina, que aúna juventud, experiencia y pragmatismo, habría sido el mejor secretario general para este partido. Si pienso en el corazón era Tapias, si pienso con la cabeza, Madina. Ahora bien, una vez realizada la elección, deseo que Pedro Sánchez-Castejón sea capaz de sacar al PSOE del actual desconcierto y que aunque sea a fuerza de tirones de coletas que sirvan de revulsivo y obliguen a cambiar el paso –la inercia de tantos años–, entre todas y todas, militantes y votantes, recuperemos las ansias de transformación social que nunca debimos perder.

***

Querido lector, estimada lectora. Es cierto que han pasado muchas cosas en los últimos meses y hasta semanas. Alguien decía, no sin cierta sorna, que solo un catalán, Jordi Hurtado (del programa de televisión Saber y ganar) ha sido capaz de sobrevivir en el mismo puesto de trabajo a tres papas, dos reyes, tres presidentes del gobierno y varios secretarios generales del PSOE e, incluso, algún que otro primer secretario del PSC.

Cuando repaso la primera versión de estas páginas, el compañero Miquel Iceta ha sido elegido primer secretario de nuestro partido.

Desde mi condición de militante leal del PSC, entiendo que no sería honesto ni serio dedicarme a reflexionar sobre asuntos cuyos primeros destinatarios son mis compañeras y compañeros de partido en el PSC de Tarragona. Además, confío en que estés de acuerdo conmigo en que la excesiva cercanía es la peor aliada para un análisis político que, por definición, precisa de una cierta perspectiva.

Deseo lo mejor al compañero Iceta y, como no puede ser de otra manera, deseo lo mejor al PSC.


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Y mi conclusión ideológica de todo lo anterior, resumiendo mucho, es que hemos de volver a nuestros orígenes, y ser conscientes que hay que plantar cara a aquellos sectores económicos que desde el egoísmo, ejercen el capitalismo pensando exclusivamente en el máximo beneficio sostenido, al más corto plazo posible. No puede ser. Primero son las personas. La gracia de la Política es que mande sobre la economía. Ese es su más básico "leit motiv".





El Temple y las rarezas pamplonesas (3rd part)

Primera parte del post

Segunda parte

Tercera:

En algunos aislados árboles de aquella gran pradera se podía leer:

«Perros sueltos, SÍ. Recoja sus excrementos, No deje sueltos perros peligrosos. Hágase cargo de su animal…».

Uno de los detalles que ponen de manifiesto el nivel de civismo y progreso de una sociedad es la forma en que trata a sus mascotas.

Los encargados de las ordenanzas que regulan la tenencia de animales domésticos somos, precisamente, los ayuntamientos.

En ocasiones me avergüenza admitir que nos hemos dejado llevar por la desidia y en vez de dar un margen de confianza a la inmensa mayoría de la ciudadanía, que se comporta con decoro y corrección, hemos optado por la vía represiva, tratar a todos los perros como si fueran asesinos en potencia y convertir a los dueños en una suerte de apestados. Es culpa de una minoría es cierto. Pero de una minoría que afecta mucho con su mucha falta de civismo. Es uno de los problemas más denunciados por la vecindad de Tarragona, y de las cosas más molestas en determinados lugares donde, por ejemplo, pueden llegar a jugar niños.

Pues resulta que en esta ciudad en la que nos encontramos han entendido las cosas de otra manera y aquel parque tan grande –ideal para que jueguen los perros, qué duda cabe–, está dedicado a la coexistencia pacífica de seres humanos y canes.

A ver dónde encontramos en Tarragona un espacio parecido. No se me ocurre motivo alguno por el que mis paisanos sean menos cívicos que las gentes de aquella acogedora ciudad. Y a pesar de ello, sería impensable en la ciudad en la que estoy de concejal. Al menos actualmente, y de momento…

–¡Papá, esto se lo tengo que contar también al Pep Félix!

–¡¿Otra vez?! Desconecta, anda.

Lo de andar lo decía en sentido literal. Entre comentar lo anodino que es el exterior de San Lorenzo, lo pequeña que es la calle Mayor, la charleta en el Temple y las reflexiones en la Vuelta del Castillo no terminábamos de salir nunca de la vieja Iruña.

Con mucho, lo peor del Camino es el padecimiento de andar por el interior de los cascos urbanos. Además, por muy acostumbrados que estén los locales a la presencia de peregrinos –imagino que esto en algunas temporadas debe de ser una auténtica procesión multicolor, no dejan de mirarnos curiosos. Los niños, más espontáneos, nos señalan con el dedo. Nos sabemos observados y dependiendo del entorno y del momento esto nos causa un cierto orgullo o unas tremendas ganas de salir de allí cuanto antes.

El peregrino medio no desea ser un espectáculo. Buscamos la paz.

Continuamos la salida de la ciudad y nos topamos con las aparentemente extraordinarias instalaciones de la Universidad de Navarra, el centro académico opusino por antonomasia.

Dos referencias cinematográficas me asaltan, una más antigua y otra relativamente moderna. Por un lado, el cabo Gutiérrez –José Sazatornil–, en la espléndida Amanece, que no es poco, preguntándole a Teodoro, ingeniero en Oklahoma –Antonio Resines–,  que se encuentra detallando su actividad en la universidad americana. «Y, ¿hay mucho Opus?».

El segundo recuerdo es más duro, durísimo. El film Camino, de Javier Fesser, que he comentado antes al hilo del nombre de la peregrina y que protagoniza una niña aquejada de una grave enfermedad que finalmente acabará con su vida pero cuya madre, supernumeraria de la Obra y que ha llevado a la niña a la CUN (Clínica Universitaria de Navarra), le dice amorosa «ofrécele tus dolores a la Virgen». ¡Tremendo!

Tampoco alcanzo a conocer por qué una ciudad, en muchos aspectos tan progresista como Pamplona y en la que, además, la izquierda abertzale goza de un porcentaje muy elevado de votos, tiene un vínculo histórico tan hondo con el Opus Dei.

«El navarrico, con su misica y su putica» y «los domingos misa y los lunes putas» son dos expresiones que escuché en más de una ocasión a un amigo que presumía de conocer bien Navarra. No me creo los estereotipos. Los catalanes no somos tacaños. Y este extraño vínculo entre el alma y la carne que parecía explicar mi amigo tampoco me lo creo. Pero se dice. Pues ahí, dicho quede.


El Temple y las rarezas pamplonesas (2nd part)

Primera parte del post

Segunda:

–Eunate. La iglesia de Eunate.

Quien respondía era un camarero, quizá el dueño, cercano a los sesenta años, fornido, de estatura media, que parecía mirar indiferente a los turistas. Correcto en el trato pero parco en palabras. Debo imaginar que puesto que una de las principales aficiones de los turistas y peregrinos es pegar la chapa, los hosteleros, salvo que estén dotados de una paciencia especial, deben de estar hartos de que les formulen siempre las mismas preguntas, de que los acosen extranjeros que, con frecuencia, parecen pensar que todo el mundo tiene la obligación de entender su idioma… No era el caso.

–¿Y dónde está esto? Me parece curiosa.

–A pocos kilómetros pero, coño, ¿no vais para allá? –añadió señalando nuestras mochilas adornadas con vieiras, que luego se nos cayeron y no repusimos y que delataban claramente nuestra condición.

–Sí, bueno, hacemos el Camino, pero no me suena esto. En nuestra guía no viene.

–Dejaos de guías y de hostias que ya os la encontraréis.

–¿Y qué tiene que ver con el bar? –seguí indagando.

–Bueno, no sé, que dicen que la hicieron los templarios que anduvieron por aquí o no sé qué.
¡Los templarios!

–Pues nada, papá, habrá que pasarse, ¿No?

–Pues pasaremos, además, si dice este hombre que está a pocos kilómetros… Y ello a pesar de que en El Camino un kilómetro de más hay que meditarlo bien, y de que mi padre es reticente en cuanto a eso. Se pone picajoso.

Tras pagar la cuenta y despedirnos cordialmente, volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar de nuevo al ayuntamiento, pasar por la sorprendente iglesia de San Cernin que ya nos describió nuestra amiga la víspera y arrancar por la calle Mayor.

Aquella vía debió de ser la mayor en algún momento del medievo pero con los ojos de hoy quizás sea difícil no sorprenderse ante ese nombre puesto a una calle del casco viejo, estrecha, de unos ochocientos metros de largo, eso sí, totalmente recta y que discurría entre casas de vecinos más viejas que antiguas. Pero hay que decir que en Tarragona su calle Mayor tampoco sigue la idea de calle «Mayor» que tenemos por lo general en la cabeza. En eso se parece Pamplona a mi ciudad. Hay que volver.

Al final de la calle, tal y como estábamos advertidos por Camino, se encuentra la iglesia de San Lorenzo. Se reconoce perfectamente por los forjados en forma de parrilla que hay en su exterior, señal inequívoca, en la iconografía católica, del santo al que está dedicada aquella construcción.

No llamó nuestra atención. Parece un templo relativamente reciente, comparado con la catedral o San Saturnino. No llegamos a entrar pero, por lo visto, la imagen de san Fermín se encuentra en el interior de San Lorenzo. Desconozco si en Pamplona hay una iglesia dedicada a san Fermín. ¿No es esto otra rareza?

Seguimos avanzando. Salimos del casco viejo y, en pocos minutos nos enfrentamos a una recia fortaleza. Claramente de carácter defensivo. En mis pesquisas posteriores descubro que se trata, tal y como sospechábamos, de una antigua construcción militar cuya finalidad no era, como podría pensarse, servir de defensa adicional a la ciudad, ya de por sí bien pertrechada por las solidísimas murallas que hemos podido, en parte, contemplar.

Parece que tras la conquista de Navarra en 1512 y su relativa incorporación a la Corona de Castilla (la Comunidad Foral tuvo virrey hasta el siglo XIX y siempre ha tenido leyes propias, los famosos «fueros»), ni los austrias ni los borbones se fiaron nunca del todo del carácter levantisco de los locales y decidieron tener de manera permanente un destacamento fiel a la Corona, extramuros y bien defendido, que permitiera controlar futuras veleidades secesionistas.

No obstante, a mi curiosa mirada de concejal le llamó la atención otra cosa.

Camino, nuestra improvisada y entusiasta cicerone, en su pío discurso nos había colado algo que en este momento se me venía a la mente.

–Pamplona, además de con otras ciudades, se encuentra hermanada con Yamaguchi, que está en Japón. El parque más grande de la ciudad, además, se llama así, «Yamaguchi».

–Y qué tiene Pamplona con los japoneses. ¿Les gustan mucho los sanfermines?, ¿los toros? –Preguntó otra de las parroquianas. Admito que mi padre y yo prestábamos poca atención en ese momento.

–No, mujer –prosiguió Camino–. En Yamaguchi es donde san Francisco Javier levantó la primera misión católica que hubo en Japón, que de aquellas se llamaba Zipango.

No me preguntéis cómo fui capaz a posteriori de recordar aquellos datos. En ese momento solo fui consciente de que el mayor parque de Pamplona tenía nombre de tamagochi y esto se me hizo raro al contemplar en ese momento una inmensa explanada de hierba, muy verde, limpia y cuidada, que rodeaba casi por completo aquella fortaleza: la Vuelta del Castillo.