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lunes, 12 de enero de 2015

A Puente la Reina


Más palabras nuevas: 

Tardamos tanto en salir de Pamplona que parecía que aquella, nuestra cuarta etapa, se nos iba a hacer eterna.

Vamos avanzando y al pasar por Cizur aprendo otra palabra nueva. Hay provincias en las que por historia y tradición, las localidades son ayuntamientos, a veces muy pequeños, de esos que dice la Constitución que se rigen por sistema de «concejo abierto».

La tantas veces anunciada reforma de Rajoy que amenaza con maltratar aún más a las entidades locales pretendía, en buena medida, disminuir de manera considerable el número de ayuntamientos españoles.

Por el contrario, en otras provincias es común lo contrario: una localidad o lo que es lo mismo, una concentración mayor o menor de viviendas con entidad propia y límites más o menos fijados se constituye en pedanía o junta vecinal y la unión de varias pedanías o juntas constituye un ayuntamiento o, como lo llaman en Asturias, Concellu. Me cuentan incluso que en el norte son frecuentes los nombres de términos municipales cuyo nombre no coincide con el de ninguna de las localidades que lo constituyen, con lo que se da la paradoja de que Pedreña (Cantabria) se encuentre en el ayuntamiento de Marina de Cudeyo pero no haya ningún lugar físico que responda a este nombre.

En la poliédrica Navarra la organización territorial –no podía ser de otra forma– varía de unas zonas a otras y en la Cuenca de Pamplona es frecuente la existencia de cendeas.

«Cendea» es la denominación tradicional que se da por aquellas tierras a los municipios que agrupan a varias localidades, en otras palabras, lo mismo a lo que me refería antes con el asturiano concellu. Eso sí, aquí tienen que llamarlo así de raro y, para colmo, por lo que pudimos saber, ni siquiera es una denominación común a toda Navarra sino que es de uso casi exclusivo en la comarca de Pamplona.

Pues bien, todo esto venía a cuento de que lo que nos encontramos casi a la salida de Pamplona es la céndea de Cizur que, todo hay que decirlo, también ha sido pasto de la burbuja inmobiliaria y mucho me temo que su cercanía con la capital ha sido causa de la condena a padecer buen número de urbanizaciones de adosados sencillamente espantosas.

Aparte del horror urbanístico que azota buena parte de la población, me llama la atención que su iglesia parroquial se llama de San Emeterio y San Celedonio. La iglesia tiene poco de llamativo pero su nombre me hizo recordar algo que me contó en una ocasión un amigo de Santander. Bueno, no estoy seguro de quién me lo contó, quizá el propio Pep Félix que, como es conocido, veraneaba en su infancia en Cantabria.

El caso es que los referidos santos son patrones de Santander y su importancia es tal que el propio topónimo Santander proviene, etimológicamente, de Santi Emeterii. Y sí, ya sé que esto de las cosas santas es muy raro pero, ¿por qué dedican aquí, a tantos kilómetros de distancia, una iglesia parroquial a los patronos de la capital de Cantabria?

***

Parece que la siguiente población, Zariquiegui, no era tan interesante para la avidez de los promotores urbanísticos porque el desastre constructivo no ha alcanzado los niveles de la cendea que acabamos de abandonar.

En la mayor parte del norte de España es bastante común algo que a los mediterráneos nos llama la atención: la cantidad de viviendas que se conservan en piedra de sillería, comúnmente caliza, en perfecto estado exterior y adornadas con blasones con los que, imagino, sus propietarios desean hacer valer los méritos legendarios de sus ancestros.

En Zarquiegui, más allá de que empezamos a disfrutar de uno de los motivos que nos lanzó al Camino –ver románico–, se mantiene en pie un buen puñado de casas blasonadas. Siempre es un placer pasear por calles cuyas edificaciones nos trasladan por unos instantes a la Edad Media.

La propia entrada al pueblo se encuentra adornada por una iglesia de grandes dimensiones –lamento no haber anotado el nombre– que, como tantas, seguramente ha sufrido los embates de la moda a lo largo de los siglos pero que conserva indudables vestigios románicos.

Lo que fue, sin duda alguna, el acontecimiento de la jornada y uno de los grandes hitos del Camino nos hará reflexionar sobre algunas cuestiones de arquitectura religiosa pero me apetece hablar un poco sobre el románico.

Un retazo del románico al gótico

Una de las novelas más leídas y, a la vez, denostadas de la literatura de las últimas décadas es Los pilares de la tierra. Sí, ya sé que Ken Follet es una referencia poco intelectual. Para muchas personas, el mero hecho de que de una novela se vendan millones de ejemplares constituye por sí mismo un claro ejemplo de que hay que mirarla por encima del hombro.

Con todos los respetos, me parece una auténtica estupidez.

No voy a entrar en la trama de amores, desamores, odios fratricidas e intrigas palaciegas que se describen en la novela pero sí creo de justicia explicar, incluso a quienes no la hayan leído, el hilo conductor de la misma: la transición del románico al gótico.

Es muy difícil caminar sobre la vía románica europea por antonomasia y que no se venga a la cabeza ese cambio de mentalidad, de ideología, de estructuras sociales y económicas, de urbanismo, de visión sobre dios, que fue el paso del románico al gótico, de la Alta a la Baja Edad Media.

Las sólidas, misteriosas, oscuras y frías iglesias románicas, con sus bóvedas de cañón, sus plantas de cruz latina, su aparente austeridad que desaparece como por ensalmo cuando nos detenemos a ver canecillos y columnas, con sus ábsides y pequeños deambulatorios, corresponden a una sociedad eminentemente rural, a unas relaciones económicas en las que el trueque aún era común, a unas relaciones de vasallaje feudal que serían difíciles de imaginar si no fuera por el cine y la literatura. Pero, sobre todo, el románico es el arte dedicado a la glorificación de un dios muy particular. La oscuridad de los templos sirve para recordar que dios está ahí, que nos mira, que nos juzga y nos castiga.

Tema distinto es que, con el paso de los siglos y despojados en nuestro interior de esta imagen de dios misteriosos, lejano y punitivo, podamos encontrar en las iglesias románicas, en su sencillez y silencio, un encanto y una paz que otras manifestaciones arquitectónicas no alcanzan.

¡Pero qué narices! Los catalanes sabemos mucho de románico, ¿o no? Aunque es cierto que «nuestro» románico, en su pureza tiene su singularidad y, por lo general, el arte altomedieval catalán no es tan hermético como el que se encuentra en minúsculas ermitas o grandes iglesias del camino de Santiago, al norte del Duero.

Ken Follet narra, creo que con bastante rigor, la enorme transformación social que supuso el final de esta ideología románica. Nos habla de la migración de los pequeños pueblos a las grandes ciudades que empiezan a levantarse, de unas minúsculas partículas, atisbos, de libertad personal que asoman como sin querer aquí y allá. Describe, no hay que olvidarlo, la aparición de lo que con el tiempo se convertiría en el capitalismo –una de las protagonistas se «inventa» un mercado de opciones y futuros en el que la commodity son vellones. Y en ese contexto convulso de trasformaciones sociales, los principales personajes son, como no podía ser de otra manera, constructores de catedrales, de grandes iglesias góticas, de centros de oración en entornos «urbanos», destinados a acoger a grandes grupos de población y en los que el creyente deja de bajar la cabeza, como en el románico, para alzarla hacia un dios padre, protector, luminoso, con el que la relación comienza a ser más humana.

Aparecen los arcos ojivales, las complejísimas bóvedas de crucería, los enormes ventanales por los que entra la luz: una sociedad nueva para un mundo nuevo. Y como tantas cosas modernas, el románico, a la mayor parte de los territorios, llegó desde Francia.

De pequeño me explicaron que las iglesias católicas se orientaban al este, quizá para que apunten hacia Jerusalén o, simplemente, para que el sol de la mañana ilumine el altar. Tomé conciencia plena de este hecho cuando, en la novela, uno de los personajes que está ubicando lo que será una enorme y novedosa catedral, toma al amanecer un palo y una cuerda, pincha el palo en la dirección por la que está saliendo el astro y, en línea recta y con la cuerda, fija el eje de lo que será la nave principal del templo.

Perdonad que entre en todos estos detalles pero es que desde entonces no puedo dejar de comprobar, cada vez que veo una iglesia medieval, si está «bien orientada».

Pero nuestro camino, el Camino, es anterior a todas estas moderneces del gótico y las vidrieras. Es cierto que nos toparemos con fantásticos edificios religiosos adornados con grandes cristales, impresionantes arbotantes –qué recurso constructivo tan ingenioso– e imponentes torres, pero la inmensa mayoría serán recoletos y robustos templos en los pueblos o, muchas veces, a las afueras de estos.

Luego seguimos hablando de románico que…

***

Leyendas

Antes de entrar en el ya anunciado acontecimiento de la jornada, quisiera hacer referencia a otro aspecto que me llama mucho la atención del Camino.

El hecho religioso, claro está, se encuentra ligado, por definición, a lo sobrenatural. Nada hay más sobrenatural que creer es un ser al que nadie ha visto, cuya existencia no puede demostrarse ni dejarse de demostrar pero que, de alguna forma inasible para el entendimiento humano, está ahí, para bien y para mal.

El Camino es algo sobrenatural en sí mismo. Ya dije antes que aunque pudiera parecer que es el medio para alcanzar el fin, que sería la tumba del apóstol, en realidad, es, si me permitís el símil, como el sexo, que puede acabar en un orgasmo pero, en realidad, si es bueno, es un fin en sí mismo y la presunta más que pretendida meta es lo de menos.

Esta centralidad de la marcha, unida a esa ideología medieval de la que hablaba antes, oscura, silenciosa y muy impregnada del temor a dios propicia que el camino esté lleno de lugares asociados a alguna leyenda. No las conozco todas, seguro que ni siquiera la mayoría, pero solo con las que nos han narrado tendríamos para escribir un grueso volumen que no sé si alguien ha abordado ya.

En aquella ocasión, este curioso pueblo de casas blasonadas y portadas románicas fue motivo para que una pareja de experimentados peregrinos alaveses –habían hecho ya varias veces esta ruta y ganado el cielo en distintas ocasiones– nos narraran el origen de una fuente que se cruzó en nuestro camino y en la que nos detuvimos a llenar las cantimploras.

Parece que en algún momento indeterminado, marchaba camino de Compostela un ya anciano peregrino, escaso de salud pero más escaso aún de viandas y cuya cantimplora –una calabaza hueca que asimismo se ha terminado convirtiendo en símbolo del peregrinaje– hacía tiempo que era proclive al eco cuando se abría. Vamos, que el pobre hombre estaba hecho polvo, sin agua, sin comida y más muerto que vivo.
El peregrino, viendo acercarse sus postreras horas, se dejó caer en aquel punto más a encomendar a dios su alma con sus últimos alientos que a descansar.

El diablo, siempre cercano, como las aves carroñeras, a los seres más débiles, transmutado en una bella muchacha, abordó aquellos despojos humanos y prometió dar alivio y agua a sus muchas aflicciones a cambio, eso sí, de que el anciano renegara de dios, de la virgen y del mismísimo apóstol.

Cuentan también que el pío caminante tuvo unos momentos de indecisión pero, finalmente, se vino arriba y decidió que si dios lo llamaba a su presencia en ese momento, no era él quién de andar haciendo trampas y pactando con extrañas muchachuelas dispuestas a mancillar su virtud y apropiarse de su alma a cambio de prestarle un breve plazo su exangüe cuerpo mortal. En resumen, que el peregrino comenzó a orar y la muchacha, visiblemente enfadada, se fue por donde había venido.

En aquel lugar, instantes después, un ángel golpeó el suelo y, ante la atónita mirada del moribundo que, quizá, pensó que el altísimo yo lo había llevado con él, hizo brotar una fuente que sirvió para saciar la infinita sed de nuestro protagonista: la fuente de la Reniega.

***

Monte del Perdón (el de la foto, con su Monumento al Peregrino) y nos perdemos

La jornada es larga, nos hemos entretenido mucho y sospecho que podemos acabar como en Roncesvalles.

Pasado el manantial de la leyenda, empezamos a subir al monte del Perdón, empinadísima y larga pendiente que termina con nuestro aliento y las reservas de agua que habíamos acumulado en la fuente de la Reniega.

–Desde luego, a veces el sentido del humor (negro) del que hacen gala los seres del más allá es digno de una historia de Gila –solté al final de la cuesta.

Hasta la cumbre del Perdón, nuestros escasos alientos impedían la charla. Como mucho, un apocado saludo a otros caminantes que iban peor que nosotros: «en el monte, trata con cariño a quienes adelantes en la subida, porque los volverás a ver en la bajada». Sabias e inteligentes palabras estas que valen para el Camino, para la vida en general y con frecuencia hay que aplicar a la política.

–No te digo yo que no pero, ¿a qué viene eso ahora? –preguntó mi padre.

–Hombre, ya me contarás. Hay que ser puñetero para… Bueno, acuérdate del tipo de la leyenda de la fuente que nos contaron abajo. El tío medio muerto, prefiere morir a renegar de lo sagrado, como premio le ponen una fuente para que beba y luego, al pobre, le hacen subir un pedazo de cuesta como esta. No me digas que el ángel no se podía haber estirado un poco y subir al hombre, al menos, hasta aquí.

–Ya, visto así… –respondió, lacónico, mi padre con cara de pensar en silencio «este hijo mío es medio memo».

Seguimos caminando con la esperanza de que ya no encontraremos grandes pendientes casi hasta pasar León. Y nos quedan muchísimos kilómetros para que eso ocurra. No tenemos un lugar preestablecido en el que finalizar nuestra marcha pero, como ya he indicado, tardaremos años en completar el Camino.

Más adelante, aparte de un curiosísimo monumento al peregrino, llama la atención el auge que tienen las «plantaciones» de aerogeneradores en toda Navarra.

Charlando de ello con otros compañeros nos cuentan que Gamesa Eólica tiene una importantísima implantación en la región y que, ojo al dato, cuentan con más de un quince por ciento de cuota de mercado ¡mundial! en el sector. Y luego en Tarragona presumimos de nuestro polo químico.

No sé si me parece más sorprendente el dato o el hecho de que sea desconocido por la mayoría de las personas, incluido Carlos, mi padre que, como ya expliqué hace unas páginas, trabajó en el sector energético muchísimos años.

Puente la Reina parece que va estando cada vez más cerca y, aunque arribemos algo tarde, si nada se interpone en nuestra marcha, parece el lugar idóneo para cenar y pernoctar.

Pero    no fue así. Entramos en el término municipal de Muruzábal y…

–Papá, ¿ves ese cartel?

–Sí, ¿qué tiene de particular? Por ahí se sale del camino.

–Ya, ya sé que se sale, pero nos vamos a salir. Tampoco tenemos prisa y si no llegamos al albergue de Puente la Reina, otro sitio encontraremos para dormir, ¿no?

–Por supuesto, pero no sé qué es lo que te llama la atención, no sé dónde quieres ir, no sé qué tiene de extraño ese cartel y, lo que más me preocupa, ¡te dije esta mañana que te pusieras un gorro, que el sol te iba a hacer daño en la cabeza!

Aunque no había dado aún más explicaciones, mi padre había detectado en mis palabras una curiosidad y un entusiasmo que no alcanzaba a comprender.

Pero yo lo tenía claro, teníamos que desviarnos.

[to be continued...]



domingo, 7 de diciembre de 2014

Socialismos y Socialistas


¡Perdimos! Sí, como lo oís. ¡Perdimos!

¿De verdad perdimos? Pues quizá no. O no del todo.

Hace un par de capítulos me refería al revulsivo, populismos y trampas aparte, que ha supuesto la irrupción de una fuerza política no tradicional en el mapa político español. He hablado varias veces de lo interesante de sus consecuencias, para mí positivas en general, pues simplemente con despertar a una parte de la juventud que huía de la Política, como han hecho, ya se han justificado.

Lejos está siempre de mi ánimo hacer de la necesidad virtud, pero pienso sinceramente que este toque, aviso, tirón de orejas, llamada de atención, si sabemos atenderla, nos puede hacer más bien que mal.

Sí, ya, que si me he dado un golpe en la cabeza. ¿Cómo nos puede venir bien una bajada de votos y que, para colmo, muchos de ellos sepamos con certeza que han ido a parar a opciones electorales que pueden ser «tramposas»?

Fíjese el avispado lector o la sagaz lectora (o al revés) que en ningún momento hago referencia explícita a unas siglas. En Catalunya el mapa electoral responde a hechos diferenciales y donde en otros sitios puede atisbarse un peinado recogido en cola de caballo, aquí podría ser, digamos, una monja. Pero es que da igual, no es un problema de nombres ni siglas sino de formas de hacer la política. Y cuando se hacen trampas, estas son muy parecidas lleve en la cabeza lo que lleve el innoble tahúr.

Por de pronto, aquellas elecciones europeas se llevaron por delante al secretario general de los socialistas españoles. ¡Y al rey! Pero ya hablaremos de monarcas.

Aunque partidos distintos, el PSC y el PSOE están vinculados desde siempre por fortísimos lazos de hermandad que propician que, incluso desde las profundas diferencias que en ocasiones se han puesto de manifiesto entre nosotros, los catalanes sintamos que el PSOE es nuestro partido fuera de nuestras cuatro provincias de la misma manera que el PSC, sentimental y casi legalmente, es una especie de federación catalana del PSOE, para que se me entienda, superada por la historia, eso sí. No en vano, para quien no lo sepa, se hizo en su momento un congreso de unión de varios grupos de socialistas (sí, ya se hizo esa unidad hace muchos años, por eso se llama el “Partit dels i de les Socialistes de Catalunya”), entre ellos, la Federación Catalana del PSOE, pero también, el PSC-Reagrupament i el PSC -Congrés…

El cántabro Alfredo Pérez Rubalcaba, continúo, también era secretario general de este catalán como lo era el leonés José Luis Rodríguez Zapatero, cuya herencia, por cierto, los socialistas no hemos podido, sabido o querido reivindicar. Y hay motivos más que sobrados para la reivindicación. La derecha nunca es tan acomplejada. Y así les suele ir bien. Zapatero ha sido el Presidente más progresista que se ha sentado nunca en Moncloa. Así de claro lo pienso. Con todos sus errores, que los tuvo. El más grande, no ver venir la tremenda crisis que se nos avecinaba.

Los partidos «tradicionales» (en realidad odio este concepto, y aunque intento reirme de él, comprendo que parte de la ciudadanía lo entienda así) hemos alcanzado en algunos aspectos unos niveles de inmovilismo cercanos al anquilosamiento. Asumámoslo con humildad. Solo así lo podremos cambiar.

La democracia, como el amor de pareja y como tantas otras buenas cosas de la vida, es un bien precioso que hay que alimentar, cuidar y hacer crecer cada día, de lo contrario, muere. La democracia debe ser dinámica. Si es estática hay algo que falla. Ahí creo que está la clave. La democracia es Democracia cuando está permanentemente adaptándose, y buscando nuevas, mejores y más directas formas de participación.

Desde 1978 y, sobre todo, desde 1982, el «sistema» ha funcionado razonablemente bien sustentado por un complejo equilibrio de poderes al que la economía, la judicatura o los propios medios de comunicación no han sido ajenos.

Ese estatus de «así nos apañamos» nos ha ido alejando de manera paulatina de quien realmente nos da «de comer» pero que, más allá de eso, es responsable de nuestra existencia: la ciudadanía.

Nos debemos a la ciudadanía, la ciudadanía nos da carta de naturaleza, dota de sentido a nuestro trabajo y, en ocasiones, con la cruda sinceridad que me permite un texto algo más largo que un tweet, nos hemos comportado como auténticos déspotas ilustrados: «todo para el pueblo pero sin el pueblo». Quizá exagero pero es cierto que buena parte de aquellos para los que trabajamos perciben dos existencias separadas y que a veces ni se miran a los ojos, «ellos» y «nosotros».

En este contexto, tan propicio a los fascismos, como bien señala cualquier libro de historia, aparecen las opciones populistas, cuyo principal as en la manga es tan torticero como presentarse ante el electorado con el mensaje «nosotros también somos vosotros y vamos a por ellos».

El relativo éxito en los últimos comicios de estas novedosas formaciones políticas –partidos sería la palabra adecuada, se organicen en asambleas, agrupaciones, círculos o dodecágonos– nos obliga a ponernos las pilas, a repensar nuestra relación con el resto de la población, a hacer serias autocríticas y a modificar nuestras pautas de conducta.

Es en este contexto en el que aparece un personaje conocido de antiguo y que pertenece a la siempre honesta estirpe de los socialistas vascos: Eduardo Madina.

Se le ofrece, quizá de tapadillo, la posibilidad de «heredar» el cetro de Pérez Rubalcaba y… ¡se niega!

Bueno, no se niega, plantea que solo será secretario general en el caso de que la Ejecutiva Federal convoque unas elecciones primarias abiertas a toda la militancia y salga elegido.

Los días siguientes al anuncio de la dimisión de Alfredo –en realidad es secretario general de hecho y de derecho hasta el congreso del partido, celebrado a finales de julio–, son un sindiós de «barones» (¡qué palabra más fea!) empeñados en nombrar entre todos y por aclamación a la compañera andaluza Susana Díaz.

Me voy a permitir una maldad. Quizá, solo quizá, algunos de esos «barones» que tan rápidamente hablaron en nombre de sus federaciones (¿las consultaron?) para apoyar a la, por otra parte, magnífica candidata Susana, para el vértice orgánico del PSOE, pasando por encima de la voluntad de la militancia, lo que pretendían era salvar «sus respectivos culos» porque parece más que lógico que si al secretario general de los socialistas españoles se le elige, aun haciendo trampas a los estatutos, de manera directa entre los afiliados, a los máximos responsables de las distintas federaciones se les debe elegir mediante la misma mecánica. ¿Y tienen todos los aparatos regionales la certeza de, si además de cargos orgánicos y públicos, vota el conjunto de la honrada militancia socialista, ellos saldrían elegidos?

Me temo que no. Sospecho que hay mucha federación en la que el inmovilismo del que hablaba antes ha situado a los máximos responsables políticos de algunas federaciones no solo lejos de la ciudadanía, sino de sus propias bases.

El empecinamiento de Eduardo en exigir, en contra del sentir mayoritario expresado en la prensa, que hay que abrir el partido a los y las militantes ha hecho posible que el PSOE sea hoy una organización más sana y democrática. Ya solo este mérito lo hace merecedor de apoyo y de mucho más, aunque también sea cierto que por los errores cercanos deba demostrar un claro cambio de actitud, con hechos, además de con palabras.

Pero no se puede tener todo. Cuando un proceso orgánico es defendido públicamente por una sola persona y en contra de las direcciones asentadas de las diferentes comunidades autónomas, no es nada fácil aguantar el tirón.

Quizá una equivocada estrategia de marketing, quizá la falta de medios, puede que la falta de apoyo por parte de direcciones y medios de comunicación, quizá no era el momento.

El PSOE y, por qué no decirlo, el PSC está necesitado de contenidos más frescos, menos anquilosados, más conectados con nuestras bases que son, no lo olvidemos, socialistas y de izquierdas. Las caras son importantes, pero lo que dicen las bocas lo es más.

Me gustaba mucho el fondo de Tapias, pero creo que Eduardo Madina, que aúna juventud, experiencia y pragmatismo, habría sido el mejor secretario general para este partido. Si pienso en el corazón era Tapias, si pienso con la cabeza, Madina. Ahora bien, una vez realizada la elección, deseo que Pedro Sánchez-Castejón sea capaz de sacar al PSOE del actual desconcierto y que aunque sea a fuerza de tirones de coletas que sirvan de revulsivo y obliguen a cambiar el paso –la inercia de tantos años–, entre todas y todas, militantes y votantes, recuperemos las ansias de transformación social que nunca debimos perder.

***

Querido lector, estimada lectora. Es cierto que han pasado muchas cosas en los últimos meses y hasta semanas. Alguien decía, no sin cierta sorna, que solo un catalán, Jordi Hurtado (del programa de televisión Saber y ganar) ha sido capaz de sobrevivir en el mismo puesto de trabajo a tres papas, dos reyes, tres presidentes del gobierno y varios secretarios generales del PSOE e, incluso, algún que otro primer secretario del PSC.

Cuando repaso la primera versión de estas páginas, el compañero Miquel Iceta ha sido elegido primer secretario de nuestro partido.

Desde mi condición de militante leal del PSC, entiendo que no sería honesto ni serio dedicarme a reflexionar sobre asuntos cuyos primeros destinatarios son mis compañeras y compañeros de partido en el PSC de Tarragona. Además, confío en que estés de acuerdo conmigo en que la excesiva cercanía es la peor aliada para un análisis político que, por definición, precisa de una cierta perspectiva.

Deseo lo mejor al compañero Iceta y, como no puede ser de otra manera, deseo lo mejor al PSC.


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Y mi conclusión ideológica de todo lo anterior, resumiendo mucho, es que hemos de volver a nuestros orígenes, y ser conscientes que hay que plantar cara a aquellos sectores económicos que desde el egoísmo, ejercen el capitalismo pensando exclusivamente en el máximo beneficio sostenido, al más corto plazo posible. No puede ser. Primero son las personas. La gracia de la Política es que mande sobre la economía. Ese es su más básico "leit motiv".





El Temple y las rarezas pamplonesas (3rd part)

Primera parte del post

Segunda parte

Tercera:

En algunos aislados árboles de aquella gran pradera se podía leer:

«Perros sueltos, SÍ. Recoja sus excrementos, No deje sueltos perros peligrosos. Hágase cargo de su animal…».

Uno de los detalles que ponen de manifiesto el nivel de civismo y progreso de una sociedad es la forma en que trata a sus mascotas.

Los encargados de las ordenanzas que regulan la tenencia de animales domésticos somos, precisamente, los ayuntamientos.

En ocasiones me avergüenza admitir que nos hemos dejado llevar por la desidia y en vez de dar un margen de confianza a la inmensa mayoría de la ciudadanía, que se comporta con decoro y corrección, hemos optado por la vía represiva, tratar a todos los perros como si fueran asesinos en potencia y convertir a los dueños en una suerte de apestados. Es culpa de una minoría es cierto. Pero de una minoría que afecta mucho con su mucha falta de civismo. Es uno de los problemas más denunciados por la vecindad de Tarragona, y de las cosas más molestas en determinados lugares donde, por ejemplo, pueden llegar a jugar niños.

Pues resulta que en esta ciudad en la que nos encontramos han entendido las cosas de otra manera y aquel parque tan grande –ideal para que jueguen los perros, qué duda cabe–, está dedicado a la coexistencia pacífica de seres humanos y canes.

A ver dónde encontramos en Tarragona un espacio parecido. No se me ocurre motivo alguno por el que mis paisanos sean menos cívicos que las gentes de aquella acogedora ciudad. Y a pesar de ello, sería impensable en la ciudad en la que estoy de concejal. Al menos actualmente, y de momento…

–¡Papá, esto se lo tengo que contar también al Pep Félix!

–¡¿Otra vez?! Desconecta, anda.

Lo de andar lo decía en sentido literal. Entre comentar lo anodino que es el exterior de San Lorenzo, lo pequeña que es la calle Mayor, la charleta en el Temple y las reflexiones en la Vuelta del Castillo no terminábamos de salir nunca de la vieja Iruña.

Con mucho, lo peor del Camino es el padecimiento de andar por el interior de los cascos urbanos. Además, por muy acostumbrados que estén los locales a la presencia de peregrinos –imagino que esto en algunas temporadas debe de ser una auténtica procesión multicolor, no dejan de mirarnos curiosos. Los niños, más espontáneos, nos señalan con el dedo. Nos sabemos observados y dependiendo del entorno y del momento esto nos causa un cierto orgullo o unas tremendas ganas de salir de allí cuanto antes.

El peregrino medio no desea ser un espectáculo. Buscamos la paz.

Continuamos la salida de la ciudad y nos topamos con las aparentemente extraordinarias instalaciones de la Universidad de Navarra, el centro académico opusino por antonomasia.

Dos referencias cinematográficas me asaltan, una más antigua y otra relativamente moderna. Por un lado, el cabo Gutiérrez –José Sazatornil–, en la espléndida Amanece, que no es poco, preguntándole a Teodoro, ingeniero en Oklahoma –Antonio Resines–,  que se encuentra detallando su actividad en la universidad americana. «Y, ¿hay mucho Opus?».

El segundo recuerdo es más duro, durísimo. El film Camino, de Javier Fesser, que he comentado antes al hilo del nombre de la peregrina y que protagoniza una niña aquejada de una grave enfermedad que finalmente acabará con su vida pero cuya madre, supernumeraria de la Obra y que ha llevado a la niña a la CUN (Clínica Universitaria de Navarra), le dice amorosa «ofrécele tus dolores a la Virgen». ¡Tremendo!

Tampoco alcanzo a conocer por qué una ciudad, en muchos aspectos tan progresista como Pamplona y en la que, además, la izquierda abertzale goza de un porcentaje muy elevado de votos, tiene un vínculo histórico tan hondo con el Opus Dei.

«El navarrico, con su misica y su putica» y «los domingos misa y los lunes putas» son dos expresiones que escuché en más de una ocasión a un amigo que presumía de conocer bien Navarra. No me creo los estereotipos. Los catalanes no somos tacaños. Y este extraño vínculo entre el alma y la carne que parecía explicar mi amigo tampoco me lo creo. Pero se dice. Pues ahí, dicho quede.


El Temple y las rarezas pamplonesas (2nd part)

Primera parte del post

Segunda:

–Eunate. La iglesia de Eunate.

Quien respondía era un camarero, quizá el dueño, cercano a los sesenta años, fornido, de estatura media, que parecía mirar indiferente a los turistas. Correcto en el trato pero parco en palabras. Debo imaginar que puesto que una de las principales aficiones de los turistas y peregrinos es pegar la chapa, los hosteleros, salvo que estén dotados de una paciencia especial, deben de estar hartos de que les formulen siempre las mismas preguntas, de que los acosen extranjeros que, con frecuencia, parecen pensar que todo el mundo tiene la obligación de entender su idioma… No era el caso.

–¿Y dónde está esto? Me parece curiosa.

–A pocos kilómetros pero, coño, ¿no vais para allá? –añadió señalando nuestras mochilas adornadas con vieiras, que luego se nos cayeron y no repusimos y que delataban claramente nuestra condición.

–Sí, bueno, hacemos el Camino, pero no me suena esto. En nuestra guía no viene.

–Dejaos de guías y de hostias que ya os la encontraréis.

–¿Y qué tiene que ver con el bar? –seguí indagando.

–Bueno, no sé, que dicen que la hicieron los templarios que anduvieron por aquí o no sé qué.
¡Los templarios!

–Pues nada, papá, habrá que pasarse, ¿No?

–Pues pasaremos, además, si dice este hombre que está a pocos kilómetros… Y ello a pesar de que en El Camino un kilómetro de más hay que meditarlo bien, y de que mi padre es reticente en cuanto a eso. Se pone picajoso.

Tras pagar la cuenta y despedirnos cordialmente, volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar de nuevo al ayuntamiento, pasar por la sorprendente iglesia de San Cernin que ya nos describió nuestra amiga la víspera y arrancar por la calle Mayor.

Aquella vía debió de ser la mayor en algún momento del medievo pero con los ojos de hoy quizás sea difícil no sorprenderse ante ese nombre puesto a una calle del casco viejo, estrecha, de unos ochocientos metros de largo, eso sí, totalmente recta y que discurría entre casas de vecinos más viejas que antiguas. Pero hay que decir que en Tarragona su calle Mayor tampoco sigue la idea de calle «Mayor» que tenemos por lo general en la cabeza. En eso se parece Pamplona a mi ciudad. Hay que volver.

Al final de la calle, tal y como estábamos advertidos por Camino, se encuentra la iglesia de San Lorenzo. Se reconoce perfectamente por los forjados en forma de parrilla que hay en su exterior, señal inequívoca, en la iconografía católica, del santo al que está dedicada aquella construcción.

No llamó nuestra atención. Parece un templo relativamente reciente, comparado con la catedral o San Saturnino. No llegamos a entrar pero, por lo visto, la imagen de san Fermín se encuentra en el interior de San Lorenzo. Desconozco si en Pamplona hay una iglesia dedicada a san Fermín. ¿No es esto otra rareza?

Seguimos avanzando. Salimos del casco viejo y, en pocos minutos nos enfrentamos a una recia fortaleza. Claramente de carácter defensivo. En mis pesquisas posteriores descubro que se trata, tal y como sospechábamos, de una antigua construcción militar cuya finalidad no era, como podría pensarse, servir de defensa adicional a la ciudad, ya de por sí bien pertrechada por las solidísimas murallas que hemos podido, en parte, contemplar.

Parece que tras la conquista de Navarra en 1512 y su relativa incorporación a la Corona de Castilla (la Comunidad Foral tuvo virrey hasta el siglo XIX y siempre ha tenido leyes propias, los famosos «fueros»), ni los austrias ni los borbones se fiaron nunca del todo del carácter levantisco de los locales y decidieron tener de manera permanente un destacamento fiel a la Corona, extramuros y bien defendido, que permitiera controlar futuras veleidades secesionistas.

No obstante, a mi curiosa mirada de concejal le llamó la atención otra cosa.

Camino, nuestra improvisada y entusiasta cicerone, en su pío discurso nos había colado algo que en este momento se me venía a la mente.

–Pamplona, además de con otras ciudades, se encuentra hermanada con Yamaguchi, que está en Japón. El parque más grande de la ciudad, además, se llama así, «Yamaguchi».

–Y qué tiene Pamplona con los japoneses. ¿Les gustan mucho los sanfermines?, ¿los toros? –Preguntó otra de las parroquianas. Admito que mi padre y yo prestábamos poca atención en ese momento.

–No, mujer –prosiguió Camino–. En Yamaguchi es donde san Francisco Javier levantó la primera misión católica que hubo en Japón, que de aquellas se llamaba Zipango.

No me preguntéis cómo fui capaz a posteriori de recordar aquellos datos. En ese momento solo fui consciente de que el mayor parque de Pamplona tenía nombre de tamagochi y esto se me hizo raro al contemplar en ese momento una inmensa explanada de hierba, muy verde, limpia y cuidada, que rodeaba casi por completo aquella fortaleza: la Vuelta del Castillo.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

El Temple y las rarezas pamplonesas (1st part)




Nuestro objetivo de hoy es llegar a Puente la Reina, el cruce de caminos donde se unen la vía que viene de Somport y la que nosotros seguimos, desde San Juan de Pie de Puerto y que entra por Roncesvalles. Desde allí, ambas rutas jacobeas se convierten en una sola que nos llevará algún día hasta Compostela o, según estemos de humor y cansancio, hasta el propio Finis Terrae, en otros momentos de la Historia, culminación del repaso a las tierras conocidas, el fin del mundo, en fin...

Aunque el Camino finaliza frente a la plaza del Obradoiro, cada vez son más los peregrinos que empujados por alguna suerte de halo místico se resisten a terminar ahí sus pasos y se acercan hasta los acantilados de Finisterre a darse un baño «purificador» o a contemplar los atardeceres con cara de panoli. Que sí, que vamos, que no digo yo que no sean unos atardeceres muy bonitos pero… ¿Os he dicho ya que en el Camino hay mucho zumbado? La mayoría de la gente es convencional, conviene aclararlo, ¡pero hay cada uno y cada una!

Aunque hay docenas de guías que describen el Camino con todo lujo de detalles, en general pocas recogen elementos notables fuera de la vía jacobea propiamente dicha, pocas se atreven a alejarse de las marcas de pintura amarilla. Imagino que la economía tiene que ver también con eso. El Camino se ha convertido en nuestros días es una fuente de ingresos –a veces la única– para cientos de localidades que lo jalonan y es poco conveniente que la parroquia se disperse más de lo imprescindible.

Carlos y Carles, o sea, nosotros, no tenemos prisa. Tardaremos años en llegar a Santiago, estas breves vacaciones no son sino el primer tramo de unos cuantos que en años sucesivos haremos solos o con más familia. Se verá. Nos podemos permitir el lujo de detenernos donde deseemos, mirar lo que nos plazca y entretenernos donde y con quien sea menester.

Salimos a desayunar por una calle ligeramente empinada, empedrada, en cuya cima se yergue majestuosa la catedral de Pamplona. Creo que es la misma calle por la que subí anoche para encontrarme con ese rincón tan singular que es el Caballo Blanco.

Camino (la que iba con las amigas) nos había explicado que la catedral de la ciudad, como tantas otras, ha sido construida en diversas épocas y eso le quita algo de encanto arquitectónico. Sea como sea, lo que se alza frente a nuestros ojos en aquel altozano es una fachada neoclásica sencillamente espectacular.

Por las razones que ahora explicaré, finalmente decidí mirar y anotar el nombre de aquella estrecha vía en pleno casco viejo pero que da la sensación de estar siendo objeto de un muy serio trabajo de rehabilitación: calle Curia.

A mitad de calle, un cartel en bandera (seguro que prohibido por las ordenanzas municipales) llama mi atención. Es una especie de escudo. Oscuro. Con una cruz griega roja en su centro. Me fijo. El Temple.

El Temple es una especie de hostería que recuerda ligeramente al Caballo Blanco, de hecho, como aquel, sus ventanas son de piedra de sillería y tienen forma de arco ojival (sencilla regla mnemotécnica para acordarse de él de pequeño, porque recuerda un ojo ese tipo de vuelta) y se terminan de cerrar con un enrejado de forja. La puerta, de madera, da acceso a un largo y estrecho establecimiento a modo de taberna medieval. A la derecha, en la barra, un buen puñado de platos repletos de unos pinchos, la mayoría rebozados, con pinta de recién hechos, provocan una instantánea secreción de las glándulas salivares. A la hora del desayuno estoy como el perro de Paulov.

–¡Papá!, ¡desayunamos aquí!

–Como quieras, tan bueno será este como otro –respondió mi padre entre la indiferencia y la resignación.

Amén de las viandas normales del desayuno, aunque no sea yo muy normal para el desayuno, si mi estómago se encuentra en condiciones, pues me inclino por el continental con zumos y frutas varias, me llamaron la atención dos cosas: unos rebozados, casi esféricos, deliciosos que, según me dijeron, se llaman «moscovitas» y, sobre todo, un inmenso panel que ocupaba toda la pared enfrente a la barra.

Ya he dicho que el local tiene un aire de taberna medieval muy singular. No es fácil, a bote pronto, descubrir si un establecimiento tiene, de verdad, elementos medievales o es puro y simple atrezzo. El aspecto y, sobre todo, el entorno, inspiraban autenticidad. También hay, claro está, guiños facilones a los turistas como alguna espada tipo Tizona por ahí colgada o una armadura que parece sacada de Ivanhoe.

Pero el cuadro, aquel inmenso cuadro reclamó mi interés de inmediato. Es una iglesia, con espadaña, románica, pequeña. Me pareció que su claustro, en el exterior de la nave central, era de planta octogonal. El templo, además, según parecía en aquel enorme mural, está en medio del campo.

–Perdone, ¿qué es esto?

[continuará]

lunes, 10 de noviembre de 2014

Nosotros sí que podemos (final)


Nosotros sí que podemos (parte 1 y 2)

(continuación)

Y hablando de tramposos…

Sería extraño no hacer referencia al populismo de izquierdas que tanto susto ha dado a muchos al ver los resultados de las pasadas elecciones europeas.

Y quiero ser muy claro también en este asunto, íntimamente ligado al anterior: no es ni sensato ni democrático ni honrado decirle a cada uno lo que quiere oír.

Valoro más a mis amigos que, a grandes rasgos, son los de toda la vida, porque saben que lejos de molestarme cuando me dicen «Carles, estás metiendo la pata en…», lo agradezco. Líbrenos el cielo de aquellos que nos adulan sin mesura, que jamás enfrentan nuestros puntos de vista o que antes de decirnos aquello que puede no gustarnos miran para otro lado y silban.

Si un mérito hay que reconocerle –tiene muchos– al socialismo español, encarnado en el PSOE y el PSC es el de no haber ocultado nunca que gobernar consiste, muchas veces, en hacer complicados ejercicios que difícilmente pueden contentar a todo el mundo.

Se nos dice con frecuencia que el electorado socialista, históricamente, ha estado a la izquierda de sus dirigentes. Aunque muchas veces así ha sido, no me lo creo del todo de manera absoluta.

Con independencia de que muchas veces nos haya faltado claridad, pedagogía, quizá valor también para afrontar determinadas decisiones, la única diferencia entre un militante o simple votante socialista y un, pongamos por caso, concejal del ayuntamiento de Tarragona es que aunque ambos actúan de acuerdo con su ideología y movidos por un horizonte de justicia social, el segundo ha de actuar necesariamente alejado de sectarismos. El concejal del que hablamos lo es de todos y todas los y las tarraconenses, no solo de los que le votaron. Y esta inevitable responsabilidad condiciona, como no puede ser de otra manera, la acción política.

El PSC o el PSOE nacieron como partidos cuyo fin último es transformar la sociedad en un marco de pluralismo político en el que aspiramos a convencer a la mayor cantidad de gente posible de la bondad de nuestros principios y fines, pero pretender gobernar solo para los nuestros, como parecen pretender algunos partidos, es también saltarse las reglas de juego.

Puedo entender que las vicisitudes que han debido arrostrar millones de familias en los últimos tiempos las haya situado un punto de desencanto en el que la tentación del «todo vale» pueda imponerse.

Sé que se han hecho muchas cosas mal (no solo lo sé, sino que lo he dicho). Sé también que colectivamente no se asume por parte de los partidos con vocación de gobierno que muchas de las bases sobre las que se asentó la Transición hoy están podridas. Que la mayor parte de la población española no pudo votar la Constitución Española que marca las reglas del juego.

Es preciso cambiar muchas cosas. Desde la organización territorial hasta la ley de Partidos, la financiación de estos, el modelo de democracia participativa, la propia organización interna de las formaciones políticas… Hay que abrir ventanas. Es verdad, hay que cambiarlo.

Como estamos atravesando Navarra, me viene a la mente aquella cita de un personaje de Azpeitia que en su juventud estuvo muy vinculado a la propia ciudad de Pamplona. Decía Íñigo (Ignacio) de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, concretamente en el 318, que «en tiempo de desolación no hagas mudanza». Hay quien cambia «desolación» por zozobra, da igual.

San Ignacio, tan equivocado en muchas otras cosas, tenía «más razón que un santo» (perdonadme la broma fácil) en esta proposición.

La crisis económica se ha convertido en crisis política, ideológica, de principios, de cohesión social… Además, para colmo, «los de siempre» han aprovechado que el Francolí pasa por Tarragona para hacer retroceder los derechos sociales y políticos hasta niveles que en el propio franquismo no se habrían imaginado.

La derecha española, como ya pergeñé en otras páginas, no es que sea la más conservadora de Europa. De hecho, yo no creo que sean de derechas en sentido estricto. Lo suyo no es ideológico, aunque sí haya un trasfondo ideológico. No es que pretendan un modelo de construcción social de «padre autoritario», por usar una definición de Lakoff. El PP (o los pepés, que en realidad hay muchos), no es sino la estructura de poder encaminada a mantener y potenciar los privilegios de unos pocos, en general sectores económicos, la Iglesia entre ellos, a expensas de la mayoría. Y esto no es una ideología, es una práctica política, que es bien distinto.

Esta realidad, es cierto, dificulta enormemente cualquier atisbo de modificación de las reglas de juego, pero la manera de cambiarlo es en la calle, en las plazas, en las tertulias, en el plano de las ideas, del discurso, con pedagogía, convicción, ideas claras… O sea, mediante una transformación social que si bien comenzó a darse de una manera importante en tiempos de Felipe González –y en alguna medida con Rodríguez Zapatero y hasta me atrevo a decir que con Montilla– aún estamos muy lejos de alcanzar.

¿Qué a nuestros votantes les gustaría que fuésemos más allá en políticas de regeneración económica, social y democrática? ¡Seguro! A mí también. ¿Qué a nuestros votantes, en alguna ocasión, les resulta más cómodo orientar su voto a otras formaciones de izquierdas que les regalan la oreja con aquello que desean escuchar? Es comprensible. Pero no siempre es sensato.

Lo diré hasta la saciedad. No se pueden hacer trampas.

Permítaseme, al hilo de esto, criticar unas recientes declaraciones de alguien a quien admiro profundamente y que no se ha caracterizado nunca por hacer un discurso tramposo: Odón Elorza. ¡Pero qué buen tipo es Odón y hay que ver cómo me gusta en general su discurso!

Elorza proponía hace pocos días excarcelar a Arnaldo Otegui. El hecho concreto es que, con razón o sin ella, el político vasco es considerado «preso político» por docenas de organizaciones de defensa de los derechos humanos en todo el mundo. Yo soy el primero que no entiende muy bien que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el propio Tribunal Constitucional hayan promovido, confirmado y mantenido su encarcelamiento por el caso Bateragune. No lo entiendo. Ni lo comparto pero, ¿la alternativa es, una vez más, obviar las reglas de juego? No, y es lo que propone Odón.

Pero volvamos al Camino, que bastante tabarra os estoy dando con esto de la política.

Nosotros sí que podemos (2a parte)



"Nosotros sí que podemos (introducción)

(continuación)

Decirle a la población que se pueden hacer trampas nos aboca a un abismo de incivilidad cuyas consecuencias son inciertas. Para mí sí ha de existir el derecho o la posibilidad de votar sobre la relación que tienen “España” y Catalunya, pero para eso hay que centrarse en primer lugar en modificar y adaptar las reglas del juego a la realidad, o en todo caso, aceptar una consulta a priori en nada vinculante. Pero unos no quieren mover un ápice su postura, y los otros tienen demasiada prisa, y han decidido ya no que no quieren sentarse a dialogar. Es exasperante para mí. Lo son las dos posturas enfrentadas. Porque como he dicho en alguna ocasión también en Tuiter, me indigna y hace que me hierva la sangre igualmente, el anticatalanismo jaleado por la derecha española, como la falta de respeto hacia España por una parte de la parroquia independentista.

Una vez se decide que la partida se desarrolla con las reglas que uno, unilateralmente, decide establecer –en mi casa se juega así al parchís–, ¿dónde se fijan los límites de lo admisible?

A veces conviene hacer un poco de pedagogía democrática y explicar cómo funciona nuestro sistema, cuáles son estas reglas de juego. Conviene también explicar qué significan las palabras que usamos con frecuencia con tan poco rigor como mala leche. Unas reflexiones más arriba hacía referencia a la importancia del lenguaje como elemento manipulador de pensamientos e ideologías. Enfrentémonos al engaño haciendo algo tan revolucionario como llamar a las cosas por su nombre y explicar de qué hablamos cuando mencionamos este o aquel concepto.

Los padres de la Constitución del 78 fueron lo suficientemente ladinos como para, cuando fue preciso, inventar términos que pudieran sortear mal que bien las dificultades a que se enfrentaba la construcción del nuevo estado.

Simplificando mucho, una nación es un conjunto más o menos extenso de personas –PERSONAS– que se sienten copartícipes de un proyecto común. Ojo, he dicho se sienten, porque cuando hablamos de naciones hablamos de sentimientos. Los sentimientos, además, se construyen a partir de una lengua, de una historia común, de unas costumbres, una idiosincrasia, un folklore, una Cultura, en definitiva…

Aclarado esto, se ha explicado muchas veces que existen todas las modalidades imaginables: estados plurinacionales –como el Reino Unido–, naciones divididas en estados distintos –como le ocurría a Alemania hasta la unificación–, naciones repartidas en diferentes estados en los que coexisten con otras naciones –pienso en los kurdos por no poner ejemplos más cercanos–, naciones sin estado –como le ocurría a la nación judía hasta 1948– y, lo más común, naciones-estado.

De hecho, parece natural que si un conjunto de personas alberga unos fuertes sentimientos de pertenencia a una comunidad, estas personas deseen dotarse del más alto nivel de autoorganización que sea posible.

Ahora bien, ¿quién decide lo que se siente? ¿Quién decide lo que se debe sentir? ¿Y lo que sienten otros? Y puestos a hacer preguntas complicadas, ¿qué ocurre si Antonia se siente parte de la misma nación que Pep pero este no se siente connacional de Antonia? Y si Antonia y Pep residen a mil kilómetros, incluso podríamos responder «lo lamento por Antonia pero yo también quiero ser pareja de Juliette Binoche (¡qué guapa estaba en La insoportable levedad del ser!) y ella no quiere nada conmigo», ¡ahora bien!, ¿y si Antonia y Pep comparten escalera?

Quien pretenda hacer simplificaciones con estos conceptos o es un perfecto estúpido (que los hay) o, sencillamente, es deshonesto consigo mismo y con los demás.

Decía antes que los padres de la Constitución, entre ellos algunos catalanes, sabían esto y jugaron con las palabras y los conceptos hasta alcanzar un extraño concepto que se construyó más a partir de pactos de no agresión que de convicciones sinceras. De ahí que la palabra nación se usa para España y, sin mencionarlo, cuelan de rondón una voz hasta entonces inexistente. Me cuentan que el creador del palabro nacionalidad fue el siempre sagaz Herrero de Miñón. No lo sé con certeza. No estuve en aquellas jornadas de encierro en el madrileño monasterio del Paular pero digamos que la idea me resulta coherente con el personaje.

Por otra parte, más allá de algunas referencias tangenciales en las disposiciones adicionales o transitorias de la Carta Magna, nada se dice en el texto de cuáles son esas nacionalidades, aunque todo el mundo tenía claro que serían vascos, catalanes o gallegos que, por otro lado, habían tenido algún estatuto de autonomía o régimen administrativo especial antes de 1936.

Y nos valió en aquél momento. O nos tuvo que valer. Ni a la nación catalana le hacía ni pizca de gracia aquello de la «nación española», indisoluble además, ni seguramente a Fraga y su cohorte de falangistas a medio reciclar les gustó ni un pelo lo de las nacionalidades, pero era aquello o no sacar un texto común de ninguna de las maneras. Fueron las reglas de juego. Y las aceptamos.

Más adelante, estas se completaron con unos mecanismos de acceso al autogobierno por la vía de apremio (art. 151 de la CE) a las que, para sorpresa de muchos, no solo se acogieron catalanes, vascos y gallegos sino también Andalucía.

Por último, se fijaron en los artículos 148 y 149 una serie de competencias exclusivas del Estado y otras susceptibles de ser traspasadas a las comunidades autónomas.

Las leyes que organizan el autogobierno –los estatutos de autonomía–, eso sí, debían ser aprobadas por las cortes españolas como leyes orgánicas.

Pues bien, con estas reglas de juego, una comunidad autónoma no puede convocar un referéndum sin la aquiescencia del Estado, ni de autodeterminación ni de nada. Decir lo contrario a la ciudadanía es, como indiqué antes, deshonesto. Sencillamente, es mentira.

Y lo digo alto y claro: soy partidario de que se celebre un referéndum; soy partidario del derecho de autodeterminación de los pueblos; Catalunya es una nación, le pese a quien le pese. Me siento ciudadano catalán y me siento ciudadano español. Me gustaría poder votar, me gustaría poder decidir que quiero que Cataluña forme parte de España –seguramente en otras condiciones administrativas y fiscales completamente distintas a las actuales, pero ese es otro asunto–, pero de ninguna manera estoy dispuesto a apoyar que el Estado de Derecho salte por los aires, como parecen pretender convergentes, republicanos y otros movimientos independentistas de más difícil descripción.

Con la misma claridad añado que no entiendo la torpeza de miras de un gobierno central empeñado en ningunear a las naciones –sí, he dicho naciones– periféricas, hacer que sentimientos cada vez más mayoritarios no puedan reflejarse en un cambio constitucional. No entiendo que se empecinen desde Madrid en alimentar extremismos que atentan contra los más elementales principios del sentido común. Pero por mucho que yo lo critique y todo lo que pueda estar dispuesto a intentar convencerlos de lo contrario, están en su derecho de ser así de torpes. Les votaron y ganaron unas elecciones. Y seguramente en este tema al menos, actúan normalmente pensando en su núcleo más radical. El más extremo. Al menos así me lo parece a mí.

¿Hay algo de neutralidad en mis palabras? Pienso honestamente que no. ¡Cuánto más fácil le resultaría al PSC situarse en las crestas de las olas del populismo! ¡Pero sí siempre hemos sido federalistas! Pero no somos tramposos.